Son las tres de la tarde. Es un día soleado, y cada rayo que entra por la ventana del cuarto se siente tan cálido como la música disco que escucha Cris mientras se maquilla. Aunque el show comienza a las nueve de la noche, hoy está de muy buen humor, como para dedicar cada segundo del día a lo que ama. Al inclinarse, con la brocha de los ojos en mano, frente al espejo, deja en el aire una fragancia ahumada que ya se ha adherido a su piel de tanto fumar: un aroma particular que, en vez de disgustar, se siente como flores machacadas; algo dulce y seco. Con los ojos fijos en el espejo, le basta un segundo para encontrarse con su propio reflejo... Uno más jóven; con ojos nuevos y cargados de sueños. El rostro de cuando tenía siete años. Mas, ese niño lo mira con asombro y miedo. A sus siete años tenía muy claro que eso que está haciendo ahora, a sus treinta —treparse frente al espejo y dejar que el cuerpo se transforme entre brochas, telas y peinados hasta convertirse en CrisTal capa por capa— es incorrecto. En el mundo drag, se trata de una práctica performática: no implica un cambio de género. CrisTal es un personaje femenino en escena, mientras Cris, fuera de ella, sigue siendo él.
Cris, que en ese momento ya no percibía la música ni el calor del día, absorbido en una sombra de recuerdos, se ve sentado en el salón donde iba a tomar, como tantas otras veces después de la jornada escolar, las clases extracurriculares del colegio. Estaba ansioso esperando a Bolívar, un compañero que nunca llegó; por lo que regresó a casa con una tristeza inmensa, sin saber muy bien por qué. Pero en su mente, entre susurros, la idea empezó a tomar forma: “Bolívar, Bolívar… ¡¿Me gustan los niños?!”. Antes de cruzar la puerta —que habitaba algún rincón de Chapinero, barrio que lo vio crecer— ya estaba llorando; aquello no podía ser posible. Se encerró en su cuarto y lloró toda la tarde en soledad. Desde ese día, se limitó a ser lo que se suponía que debía ser: se obligó a no actuar “femenino” y a no sentir nada hacia otros niños.
Ese impulso de negarse a sí mismo no nació de la nada. Había crecido escuchando, en reuniones familiares, comentarios de tíos y abuelos cargados de rechazo hacia la homosexualidad. En el colegio, aunque nunca fue atacado directamente, profesores y directivos dejaban caer opiniones, bromas y juicios sobre lo que “debía” o no “debía” ser y sobre quién “tenía o no” derecho a reclamar un lugar. Frases sueltas que, al acumularse en la mente de un niño, se volvieron una certeza dolorosa: él no podía ser así.
Pero esa historia no era solo suya. Se inscribía en un país donde la violencia contra la población LGBTIQ+ seguía siendo una realidad persistente y estructural. En 2024 la Defensoría del Pueblo documentó 287 casos de violencia por prejuicio; y un año después, en mayo de 2025, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió sobre la gravedad de los crímenes motivados por prejuicio, recordando que no son hechos aislados, sino expresiones de una cultura que castiga la diferencia y envía mensajes de intolerancia a toda la sociedad. Para Cris, crecer implicaba corregir gestos y deseos, porque la violencia no solo se materializa en los crímenes, sino también en los discursos cotidianos que enseñan el costo de ser quien eres… Cris, en ese mundo, no podía ser.
Entonces, el pequeño ya no está en el cuarto llorando, sino que el recuerdo se transforma: Cris se ve en una esquina, tímido, intentando pasar desapercibido para que sus compañeros no sospechen. Hace un esfuerzo enorme por no cantar la canción que suena en el salón —“de niñas”, dirían—, traga el impulso de mencionar El mago de oz, película que amaba y odiaba al mismo tiempo porque representaba la diversidad sexual, y se empuja a correr detrás de un balón aunque no quiera. Todo en él aprende a corregirse, a borrarse un poco, con tal de no ser señalado, de no ser nombrado con esa palabra que ya pesa como una amenaza: el marica.
Y, sin embargo, aunque sabe que siempre le dolerá no haber podido expresarse libremente durante tanto tiempo, sonríe, y de nuevo se ve a sí misma en el espejo; maquillada, con un aire delicado que recuerda a Dorothy, lista para terminar con el ritual. Respira y se dice en voz alta, como con la intención de que todas sus versiones se escuchen en forma de reconciliación: “Esto lo hago por ti, Cris, porque nunca debiste impedirte ser quien realmente eras. Voy a salir y haré el mejor show de todos. Voy a ser feliz por los dos”.
Pasaron unos minutos en silencio, intentando calmar la emoción que le había traído el pasado. Luego salió del cuarto a fumar un rato, dejando que el maquillaje se le sellara; una costumbre que, después de tanto tiempo, repite casi sin pensar. Entre el humo, comenzó a sonar Él me mintió de Amanda Miguel y, de nuevo, se fue en un viaje de recuerdos: estaba bailando en su cuarto junto a su hermana menor, Laura, quien llegó a su vida como un abrazo de feminidad; con ella se sentía seguro, sin miedo a ser quien era. Como me contó Laura, a los siete días de nacida, Cris ya la tenía en sus brazos, forjando un lazo de amor, confianza y risas que crecería con los años, desde Nueva York hasta los shows donde ella siempre es la primera en gritar por sus victorias, al igual que su madre.
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No obstante, aquel cuarto en el que cantaba y jugaba durante el día con su hermana, no era el único espacio donde se sentía realmente él. También estaban los cursos de teatro del colegio, a los que iba todos los sábados en la mañana en el carro junto a su padre y podía hacer mil cosas sin miedo a sentirse señalado o rechazado. Ese pequeño escenario terminó guiándolo, años después, a estudiar teatro, porque allí podía ser él mismo sin miedo y —sin egocentrismo, solo con honestidad— sentía que era muy bueno.
Pero, si el recuerdo con su hermana era un tono amarillo, las aulas de la universidad tenían matices más fríos. Allí también aprendió a conocerse desde otro lugar. Dejando de lado las exigencias y el trato algo grotesco de los profesores, que lo hacían sentir insuficiente en el mundo artístico hasta el punto de querer retirarse, Cris, a sus veinte años, entre jóvenes que no tenían miedo a demostrar su inclinación sexual y vidas más abiertas, empezó a preguntarse porqué él seguía escondiéndose. Esa misma noche, la de su cumpleaños número veinte, reunió el valor que llevaba tiempo posponiendo y fue a Disco Jaguar. Después de varios tragos, llamó, uno a uno, a sus amigos más cercanos, y, con el rostro deshecho en lágrimas —y el drama siempre presente, como luego me diría entre risas—, les contó que le gustaban los hombres. No fue una sorpresa para sus amigos, realmente, pues ya lo conocían muy bien. Simplemente fue liberador.
Meses después se lo contó a sus papás. En esos días su padre estaba atravesando una enfermedad degenerativa y Cris sintió que no podía esperar más; nunca se perdonaría el hecho de no poder contarle su nueva realidad a quien lo vio crecer mientras lo llevaba con todo el cariño a sus clases cada sábado. Aquella tarde parecía como cualquier otra, salvo por los nervios que le desordenaban la respiración. Se sentó con ellos en la cama, al borde del llanto, y lo dijo lo más tranquilo que pudo —con la tensión bailando en sus labios—. Su mamá se quedó en silencio; su papá, que se comunicaba con un tablero en ese entonces, fue quien preguntó cómo se sentía. Cris lo recuerda con cariño, pues el miedo de no ser aceptado abandonó su cuerpo al ver esas palabras. Al día siguiente, cuando revisó el celular después de clases, encontró una carta de su mamá; le decía que tal vez no sabía cómo hablar del tema, pero que lo amaba y que todo estaba bien. Lo que una vez más confirmó que no había nada de malo en su persona. Salir del clóset fue, sobre todo, poder aceptarse a sí mismo. Después de eso empezó a explorar un mundo donde otras personas tampoco tenían miedo de ser quienes eran. Probó faldas, maquillaje, tops; jugó con lo que antes se había prohibido.
En medio de ese proceso de descubrimiento, hubo otra pregunta que empezó a hacerse inevitable: qué lugar ocupaba en el mundo. Desde niño soñaba con actuar, con salir en televisión, con vivir del teatro. Pero cuando se graduó, la realidad fue desalentadora. Durante un tiempo no aparecieron proyectos y el sueño empezó a sentirse como un camino sin salida. Entre el rebusque —sirviendo mesas en un restaurante vegetariano o doblando pantalones en un almacén— se instaló un vacío que le hizo pensar que tal vez el teatro no tenía lugar para él. Aun así, no dejó de buscarlo en distintas formas —empezó a acercarse al clown, por ejemplo, con el proyecto Átomos Teatro, con quienes trabaja hasta el día de hoy, un espacio donde el error, el juego y la interacción con el público también eran una forma de escena—, hasta que apareció, como caída del cielo, una noche de batalla de lip sync y una amiga lo animó a ir; ni siquiera estaba seguro de subir al escenario. Pero lo hizo… Y ganó. Ese momento, me dice, fue como una señal clara: tal vez el escenario sí lo estaba esperando. Tal vez todavía había un lugar para él. O, como diría ahora, para todas sus versiones. Porque antes no era nadie, pero se estaba encontrando.
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Y, como un vaivén, vuelve a sus 30: apaga el cigarrillo y entra de nuevo al cuarto para peinarse y vestirse. El tiempo corre y suena Sissy That Walk de RuPaul’s Drag Race. Una vez más, la imagen aparece nítida; se ve en Neiva, una de las paradas de ese proyecto de grado que lo llevó por distintos lugares de Colombia para cubrirla de arte. Tiene el rostro maquillado por primera vez gracias a las manos de sus amigos. Es ahí cuando decidió llamarse CrisTal y encontró un mundo en el que quería quedarse. Aparece una leve sonrisa, un poco burlona, en su rostro al recordar esas primeras fotos que publicó como début. Pero no puede detenerse ahí: el reloj avanza y, mientras se alista con rapidez, piensa en todo lo que ha crecido. Con el orgullo de quien reconoce su propio camino, se pone los zapatos y sale directo al teatro La Maldita Vanidad para presentar su obra “Ahora que tengo su atención”, un monólogo que integra todo lo que es Cris: un niño tímido, un jóven con sueños y miedos en el limbo, un hijo y hermano amoroso, un actor, una Baby-Drag con ilusiones y nervios… Todas esas versiones juntas buscando ser escuchadas.
El escenario está oscuro, en silencio… De pronto, un golpe de sonido irrumpe y aparece CrisTal, se prenden las luces y su voz atraviesa a todo el público: “Hay multitudes en mí”, dice con un toque de gracia, pero con total seriedad. Los aplausos llegan de todas partes; se arma un diálogo vivo entre ella y la gente, los invita a entrar en el juego, baila, canta, cuenta su historia, vuelve visible lo que tantas veces se ha ocultado, y durante cincuenta minutos solo hay risas y más aplausos. Hasta que la luz se apaga otra vez. Entonces recuerdo lo que me dijo en un café de Chapinero, luego de aceptar que la entrevistara: “A veces el show se vuelve rutina y el cuerpo se cansa; incluso la chispa puede quebrarse cuando todo se vuelve trabajo. Pero agradezco eso, tengo proyectos siempre y me pagan bien, y el drag casi no se reconoce… ni siquiera se paga. Una muchas veces se tiene que abrir sus propias puertas para poder seguir en este mundo”. Luego, como quien confirma lo que acaba de decir, me habló de los lugares —la mayoría en la capital— donde unas cuantas cervezas o 70.000 pesos se consideran pago suficiente por cuatro horas de show y todo el trabajo que ocurre detrás de escena.
No es coincidencia lo que me dijo, es una realidad en las calles de esta ciudad tan grande. El mundo del drag transita entre maquillaje costoso, traslados en carro, escenarios que no siempre pagan lo justo y espacios que hay que abrir a pulso, sola. No es únicamente lentejuelas y performance: es una forma de habitar el cuerpo y cuestionar lo que se espera de él. Históricamente ligado al teatro y a la comunidad LGBTIQ+, ha sido también una herramienta de crítica, resistencia y construcción de identidad. Nació en los márgenes, en espacios donde ser distinto implicaba riesgo, y por eso su extravagancia no es solo estética, sino política. Cada personaje, cada maquillaje y cada gesto es una manera de decir “aquí estoy” en un mundo que muchas veces ha intentado borrar esas existencias. Hoy, aunque ha ganado visibilidad, sigue moviéndose entre el reconocimiento y la precariedad, entre el aplauso y la resistencia. Allí está Cris, consiguiendo su lugar en un mundo donde ser visible sigue siendo una disputa: un solo bar en la ciudad que paga bien no alcanza para más de cien hermanas que buscan lo mismo. En Bogotá el talento abunda y los espacios son sombras que se escapan.
Y es justamente en esos bordes —entre la noche, la informalidad y la falta de reconocimiento— donde la visibilidad también se vuelve un riesgo. En Colombia, la Defensoría del Pueblo ha advertido que buena parte de la violencia contra personas LGBTIQ+ está ligada a la expresión de género: aquello que desafía la norma. El drag, en ese sentido, expone el cuerpo y lo convierte en territorio político. A ello se suma lo documentado por Caribe Afirmativo, que ha identificado agresiones, amenazas y discriminación en espacios públicos y de ocio, los mismos donde muchas artistas drag trabajan, casi siempre de noche. Esta discriminación contra lo diferente y contra quienes, desde el drag, hacen visible —de forma abierta y artística— una dimensión de la diversidad que incomoda y rompe normas tradicionales, reproduce una violencia física, ideológica y psicológica hacia ellas. Una violencia que, precisamente por el desconocimiento que la rodea, rara vez se reconoce como problemática social y permanece poco documentada. Así, la falta de reconocimiento no solo precariza el oficio, sino que también deja a quienes lo habitan más expuestas, más solas, más vulnerables.
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Es en esa exposición cuando, con el último eco de los aplausos, deben irse con cuidado porque los rincones oscuros, afilados por la inseguridad, no les permiten quedarse mucho tiempo solas sin la compañía de alguien más. En aquel café de Chapinero, Cris recordó en voz alta cuando una noche, mientras fumaba sin molestar a nadie, un hombre se le acercó y comenzó a tocarse el pene frente a ella, mirándola fijamente; Cris le gritó, intentó marcar distancia y tuvo que entrar de inmediato al teatro por seguridad. El hombre, después de unos segundos, simplemente se fue, como si nada hubiera pasado.
Pero el escenario no espera. Pocos segundos después de que el lugar quedó en total silencio de nuevo, todo el salón estalló en aplausos, un sonido que a Cris le ilumina el rostro porque, como él mismo lo admite, ama ese instante en el que el público responde. Le encanta ganar y generar emoción ante todo. Y no es casualidad: hay algo en su forma de ser, como lo describe su amigo Javier, que conecta desde la vulnerabilidad y lo real. Alguien profundamente sensible, auténtico, capaz de mostrarse sin filtros y de permitir que quienes lo rodean también lo hagan. Esa fue una característica que también noté al hablar con él; pues era una forma tan cercana y abierta con la que contaba su historia —con elocuencia y seguridad— que me sorprendió cuando confesó que aún era tímido al expresar lo que pensaba, porque hacia afuera solo transmitía una absoluta sensación de confianza. Quizás por eso los aplausos no son solo celebración, sino un espejo: la confirmación de que esa verdad que pone en escena —frágil y poderosa al mismo tiempo— logra tocar a otros. Su objetivo inicial.
Pero la noche ya ha avanzado y son más de las diez. Es hora de volver a casa, piensa Cris. Esta vez, el recuerdo no insiste y la memoria se aquieta. Toma un carro y regresa al lugar donde empezó el día. Ya no entran los rayos del sol por la ventana y solo se escucha el ladrido de bienvenida que proclama su perrita. Ha sido una jornada larga y debe descansar. Se quita los tacones, el vestido y se desmaquilla con gentileza, cuidando su piel. Y después de un buen rato, se acuesta. El Cris de siete años ya no tiene miedo. No puede cambiar lo que vivió, pero sabe que estará en muchos escenarios, luchando desde el arte por una sociedad donde el drag y la feminidad de un niño no sean castigados, y para que otros niños no tengan que reprimir quienes son y puedan vestirse de libertad sin miedo al “qué dirán”.






