Hija de la tierra del relámpago, Ginés aún resiste luego de la desaparición de su esposo y el silencio amenazante

Martes, 24 Marzo 2026 19:24
Escrito por

En el Catatumbo, las desapariciones siguen marcando a muchas familias. Ginés se levanta a las tres de la mañana y camina hacia sus dos trabajos para sostener a sus hijos.

Ginés Herrera, a sus 21 años cuando fue reina del carnaval, y su hermana.||| Ginés Herrera, a sus 21 años cuando fue reina del carnaval, y su hermana.||| Foto del álbum familiar otorgada por Ginés. (Intervenida en estilo neoimpresionista para proteger las identidades).|||
20

Ginés Herrera recuerda cuando en sus años jóvenes cantaba al lado de su hermana mayor, quien lavaba los platos luego de comer. También recuerda la emoción de cuando fue reina del carnaval de su pueblo y bailaba cada noche entre cantos. Y entonces, se le apaga la mirada, mira un punto fijo, pero no llega hasta la pared, sino que queda entre el aire y el recuerdo: el último día, cuando ese mensaje nunca llegó. El día en que tuvo que luchar sola, sin respuestas; con la tensión de que fueran ahora por ella, por sus hijos y su hijastra. Con el miedo de tener que cuidarlos sin saber muy bien qué caminos tomar. 

Cuando llegué a hablar con ella, tenía una sonrisa profunda que transmitía las rosas de su patio y el sol arrullador de su tierra. Ahora, eran silencios bañados por sus lágrimas, que transmitían los dolores del pasado y otros que aún la lastimaban, y —entonces— le pregunté qué le diría a cada una de esas versiones suyas que recordaba, y me respondió con una risa quebrada, “Que lo hice muy bien a pesar de los tropiezos y las dificultades. Y que me agradezco a mi misma por ser de fe y por la fortaleza para enfrentar cualquier cosa. Porque yo sí sufrí, pero la vida sigue y uno debe seguir con fortaleza espiritual y mental”.

Ginés nació en Río de Oro, en la región del Catatumbo, y aunque su infancia fue muy tranquila, hay decisiones que cambian la vida. Muchas veces pensó en lo que hubiera sido de ella si no hubiera tomado ciertos caminos, pero nunca se rindió y hoy, a sus 42 años, lo ve como un propósito para algo mejor.

- ¿Cómo era crecer en Río de Oro cuando eras niña? 

- Fue una infancia muy bonita, muy tranquila. En ese tiempo no se veían muchas de las cosas que hoy se ven. Yo tuve lo que hoy se consideraría una “verdadera niñez”, porque ahora los jóvenes no viven lo que uno vivió antes. 

- ¿Y qué cambios sientes ahora frente a tu juventud? 

- Que uno llega a una edad y la vida no es exactamente como uno la imaginaba. No siempre se da todo lo que uno quisiera, pero uno no sabe cuáles son los propósitos de Dios.

Aunque el conflicto que se vive en el Catatumbo fue noticia el año pasado debido a la guerra entre disidentes del Frente 33 de las FARC y guerrilleros del ELN, esta región arrastra una historia mucho más larga de violencia. Desde hace más de tres décadas se conoce como un territorio clave para la producción de cocaína —abandonado por quien debía protegerlo, el Estado—. Debido a su ubicación estratégica y a sus débiles controles fronterizos, ha estado en disputa por distintos actores armados. 

Ginés tenía 20 años y, en aquel tiempo, por fortuna, no había presenciado la guerra de cerca. Río de Oro, un pueblo tranquilo —casi una burbuja al margen del conflicto—, la había resguardado del peligro. Pero, entonces, conoció a Jairo un día cualquiera, mientras daba vueltas en el parque central con sus amigas. Ella, con tantos sueños como risas en el aire, no prestó atención a los intentos de aquel hombre que la llamaba con la mirada y pedía su número para enamorarla; y, no obstante, el corazón la atrapó unos meses después. Entre regalos, palabras bonitas y una fascinación por la intriga, ella se perdió en su mirada.

- ¿Cómo fue tu vida a su lado? 

- Fue difícil. Aún vivía con mis papás y no podía hacer lo que quería; me tocaba recurrir a mentiras. Mis papás no querían esa relación porque pensaban que no era buena para mí.

Después supe que él tenía mujer e hijos. Yo no sabía, ya que él no vivía en el pueblo. Cuando me enteré, comenzaron las complicaciones. Intenté dejarlo, pero estaba muy enamorada. Él me decía que estaba que dejaba a su esposa, pero pasó el tiempo y fue un período de sufrimiento; ahí fue cuando nació mi primer hijo, y al tiempo, Jairo tuvo otra hija. Él pasó por problemas económicos y regresó a Río de Oro. Fue muy duro verlo con su esposa e hija mientras seguía buscándome a mí. Y luego nació mi segunda hija.

- Y años después, al estar juntos ¿Algo cambió? 

- Tuvimos momentos buenos, él siempre estuvo pendiente de mí cuando tuve dificultades, y otros no tanto. La crianza fue difícil y tuvimos problemas por eso, pues eran mis dos hijos con la hija de él. Formamos una relación muy cercana, es como otra hija para mí, pero el no saber cómo cuidarla a ella, porque al final Jairo decidía, fue complicado. A veces pensaba que debía haberle hecho caso a mis papás.

Pasaron los años y formaron un hogar; no siempre fue fácil, pero lucharon juntos cada día. El problema fue la vinculación de su, ahora, esposo con los paramilitares. Jairo llevaba varios años trabajando con ellos, mas Ginés prefiere no ahondar en cómo ocurrió ni en lo que implicaba. Y, aunque él trató de mantener por fuera a su familia de ese mundo, casi como si fuera un secreto —un fantasma que todos veían, pero nadie nombraba—, una mañana, esa línea delgada desapareció por completo.

Ginés se levantó con la noticia de siempre, no le asombró ni le alteró el sosiego: “Voy a salir y vuelvo más tarde, tengo que encontrarme con alguien”. No obstante, lo que ella no sabía era que el destino de Jairo no iba a ser Aguachica, sino que iba directo al municipio de Convención: un terreno complicado, pues ella lo recuerda como una vía entre el miedo, los retenes y la incertidumbre, donde no se sabe con quién tratas debido a su desprotección estatal y presencia de grupos armados que se han repartido el control de las tierras. Cuando su esposo le envió el número de la persona con la que iba a estar, algo que siempre hacía por si se le apagaba el celular, junto con una foto de su rostro, se empezó a preocupar pensando en todos los nombres que eran borrados en ese lugar: “No te vayas para allá”, pero esas palabras no tuvieron repercusión en la decisión de Jairo, quien luego de llegar al encuentro con el hombre de la foto, perdió contacto con el resto del mundo. 

- Empecé a llamarlo y el teléfono estaba sin señal. Luego apagado. Pasaron las horas, los días. Nunca volvió - y la sonrisa en su rostro fue desapareciendo hasta quedar en las sombras de aquel recuerdo. 

- ¿Qué hiciste después, Ginés?

- Al principio no les dije nada a los pelaos, pero luego empezaron a preguntar. Llamamos al muchacho con el que se fue, pero también tenía el teléfono apagado y nunca, aunque lo vimos en las calles de Ocaña, nos volteó a mirar.

Los días que transcurrieron fueron marcados por el miedo; su hijastra le rogaba cada segundo que se fueran del hogar —o al menos, de las cuatro paredes que un día fueron su hogar—. Ginés vivía pensando en la terrorífica ocasión en la que dejaran, frente al andén, un cuerpo ajeno a ellas… Muerto. Una advertencia de quienes se llevaron a su esposo, tal vez. Eso nunca pasó, pero era un momento sumamente complicado y todo tipo de escenarios, incluso los más bestiales, carcomían sus nervios.   

- Decidí entregar la casa y mudarme donde mi mamá porque empezaron a parquear carros al frente todos los días. Fue un alivio estar en compañía.

Pero esa figura la acompañaba noche y día, de esquina a esquina, de noticia en noticia. Ginés no podía ver un titular en el que mencionaran la desaparición de alguien o en donde mostraran la foto de un hombre grueso en una moto, se alteraba y pensaba “¿Será él?”, pero eso la retenía en el pasado. Su hijastra, a veces llorando sola en el baño, sus hijos con miedo e incertidumbre… Ella debía ser la fortaleza que faltaba para seguir adelante, y poco a poco fue dejando de buscar las noticias, fue aceptando que, con esperanza y todo, no podía esperar con dolor. 

- Estoy en proceso de hacer la declaración de muerte presunta. Debía hacerla un año después, pero uno siempre guarda la esperanza de que aparezca. Recordamos cosas bonitas, sus ocurrencias; nos reímos. Estoy tranquila.

Jairo no fue el primer hombre desaparecido, mucho menos el último. Según la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), en la región del Catatumbo, en Norte de Santander, se registran 2.771 personas dadas por desaparecidas; una cifra que podría ser mayor si se tiene en cuenta que no todas las familias pueden —o deciden— denunciar estos hechos. En Río de Oro, por ejemplo, el registro alcanza 30 personas desaparecidas. 

Y aunque ya no sea noticioso lo que ocurre en la tierra del relámpago, la desaparición constante de entes silenciosos sigue trazando la vida de muchas familias. Entre esas, Ginés aún resiste por sus hijos y por una vida más tranquila. En 2024 perdió su trabajo luego de llevar 22 años, y, con las ganas de seguir manteniendo la casa, luchó, se prendió de personas que le podían ayudar, y hoy trabaja como secretaria de los colegios aledaños en las veredas de el Marqués y el Salobre. 

Ya no tiene tiempo de pensar en lo que ocurrió, pues vive desgastada por el trabajo y sus exigencias. Pero, sigue resistiendo… Resistiendo al olvido, resistiendo al miedo, resistiendo a la incertidumbre, resistiendo a que la sombra que se llevó al padre de sus hijos no llegue a su mundo, resistiendo para vivir dignamente; resistiendo a las tres de la mañana, con una taza de café mezclada con el estrés, en el transporte para poder llevar comida, seguridad y un futuro distinto a sus hijos. Siempre con una sonrisa y la esperanza en los ojos.

- Nunca me sentí completamente sola porque tenía a los niños. Ellos fueron mi impulso, aún lo son. Solo quiero que ellos salgan adelante, que no dependan de mí, que sean felices. 

- ¿Qué esperas para ti? 

- Poder pensionarme y, por fin, estar tranquila, sin tanto peso encima. 

Ginés ya no canta junto a su hermana mayor mientras lava los platos. Aún llora algunos días y su mente siempre está ocupada en lo que debe rendir en el trabajo. Ginés aún sonríe; al finalizar la entrevista tan solo me miró a los ojos, sonrió y dijo “Pero ahí vamos de la mano de Dios”. Ginés aún resiste, porque resistir también es seguir luchando por una vida en paz.