Un dìa en el puesto de salud de Gutiérrez

Martes, 21 Marzo 2017 09:23
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En Gutiérrez, un municipio ubicado en el suroriente de Cundinamarca, prestar atención médica es un desafío. Así es un día con Jackeline Ladino, una enfermera que realiza su servicio social obligatorio en este lugar.

|||| |||| Fotografía tomada de la Alcaldía Municipal de Gutiérrez||||
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Cultivos de fríjol, papa, cebolla y lechuga, eso es lo que hay en Gutiérrez. En el casco urbano tan solo hay 738 habitantes que ocupan una extensión de 23 kilómetros cuadrados, es decir, unas 12 cuadras. Las construcciones no sobrepasan los dos o tres pisos. En el área rural viven 2543 habitantes en 15 veredas que están en el perímetro del casco urbano. Su gente es llamada gutierrense. Está a 75 kilómetros de Bogotá y un viaje en flota puede durar cinco horas. En cambio, el típico destino de los capitalinos en puente festivo, Girardot, está a 133 kilómetros de Bogotá, pero a solo dos horas y cuarenta minutos de viaje por carretera.

La salud de los habitantes de Gutiérrez está en manos de dos auxiliares de enfermería, una enfermera jefe y un médico. Estos dos últimos, unos recién graduados que están prestando su año de servicio social obligatorio o “rural”. Así nada más. Es obligatorio. Nunca hay médicos o enfermeras permanentes. Todos son visitantes pasajeros y casi nunca se quedan con ganas de volver a ese municipio.La única manera de llegar a Gutiérrez es en flota. El punto de partida ni siquiera es la terminal de transporte de la capital, sino un paradero informal de buses en el barrio Yomasa, en la localidad de Usme, al sur de la ciudad.

Bogotá-Gutiérrez

Era domingo. Salí de mi casa a las 6:30 de la mañana y tomé un bus por la Avenida Boyacá hacia el sur hasta llegar a la intersección con la Avenida Caracas. Llegué a las 8 de la mañana. Había una fila de unas 10 o 15 flotas parqueadas a un costado de la vía, cerca de una estación de gasolina, pero solo una iba hacia Gutiérrez, un bus donde cabían unos 15 pasajeros.

Llegué justo a tiempo, pues a las 8:30 salía la segunda flota hacia mi destino y le pagué 22 mil pesos al conductor. Cuando me subí casi todo el mundo me miró con extrañeza. Decidí sentarme junto a una mujer de aspecto amigable que llevaba en sus piernas una caja con unos huequitos. Miré con disimulo y escuché a unos pollitos que asomaron su diminuto pico anaranjado por los huecos. Se desprendió un olor penetrante y desagradable.

La primera parada fue en Cáqueza, que está a una hora y media de Bogotá. Durante ese trayecto la flota iba a toda velocidad. Adelantó camiones y en las curvas se tambaleaba. Al llegar a Cáqueza nadie se bajó, así que el viaje continuó. El olor fétido de los pollitos que emergía de la caja continuaba, sin embargo, decidí conversar con aquella mujer, que vestía una ruana de lana gruesa. Su cabello estaba recogido y se le alcanzaban a ver unas canas plateadas encima de las orejas y unas arrugas alrededor de los ojos. “¿Va a visitar a algún familiar?”, me preguntó. “No, vengo a ver a una amiga. Jackeline, la enfermera de Gutiérrez, ¿la conoce?”, le dije. “Claro. ‘Jacky’ es muy buena en su trabajo y siempre nos alcahuetea todo a los viejitos”, dijo sonriendo.

Aurora es su nombre. Ella notó que mi nariz se arrugaba por el olor de los pollitos. “Estas bellezas huelen muy feo, pero crecen y uno se hace un sancocho de primera con los fríjoles que cultivamos”, me dijo. Los gutierrenses son conocidos por cultivar fríjol. Al salir de Cáqueza, la flota tomó una carretera estrecha que se dirigía a Fosca, un municipio que está ubicado antes de llegar a Gutiérrez. La vía es de un carril y medio. En cada curva la flota frenaba bruscamente para evitar chocar de frente con otro carro, pero durante el recorrido no pasó ni uno. A las 11 de la mañana llegamos a Fosca, pero esta vez la flota no paró.

De ahí en adelante la carretera estaba peor. Ya no había asfalto, sino una calle amarilla polvorienta y piedras. Tuve que cerrar la ventana y el olor de los pollitos se concentró, pero después de unos minutos mi nariz se acostumbró. CootransCáqueza y TransOriente son las únicas empresas de autobuses que llegan hasta Gutiérrez. Asumí que la razón es el estado de la carretera. En algunos tramos hay deslizamientos. Frecuentemente hay abismos y la flota debía pasar muy cerca de la montaña. Aurora se sabía los horarios de las flotas de memoria. Desde Bogotá salen a las 6, 8:30 y 11 de la mañana, y la última a las 2 de la tarde. Desde Gutiérrez, parten a las 5:30, 11 de la mañana y 5:30 de la tarde. No hay más servicios. “Desde hace 20 años han venido los presidentes prometiendo que van a arreglar esta horrible carretera, pero hasta el sol de hoy nadie se ha metido a hacerlo”, me comentó Aurora.

Era casi la 1 de la tarde. Faltaban pocos kilómetros para llegar a Gutiérrez. Las llantas de la flota ya no levantaban arena de la carretera y abrí la ventana. Caía una ligera lluvia y el polvo se convirtió en lodo. Olía a césped recién cortado. El paisaje era majestuoso. Se alcanzaba a ver en el pico de una montaña la zona urbana de Gutiérrez y a un costado unos nacimientos de agua dulce. El agua transparente caía con fuerza y al final se formaba una espuma. Desde allí, las faldas de las montañas parecían una colcha de retazos con diversas tonalidades de verdes iluminadas por el sol, mientras que la neblina blanca, densa como el algodón,  cubría las partes altas de las montañas. A la orilla de la carretera aparecieron casas hechas de adobe y con tejas de aluminio. Tenían una vasta extensión de pasto en la parte de atrás con vacas, caballos, cerdos, ovejas y gallinas. Todas tenían algo en particular en el techo: una antena de DirecTV.

A la 1:30 de la tarde llegué a Gutiérrez. No había ningún aviso, solo un retén del ejército. La flota avanzó por la improvisada carretera hacia la entrada del municipio. Dejó a los pasajeros al lado de la Iglesia y me despedí de Aurora. Revisé mi celular. No tenía señal. El clima era más frío que Bogotá. Mi espalda estaba adolorida, pero agradecí que al fin estuviera lejos del apestoso olor de los pollitos. Luego de unos segundos apareció el rostro de Jackeline Ladino, una enfermera con quién había acordado encontrarme para que me mostrara cómo funciona el puesto de salud del municipio.

A Jackeline la conozco desde el 2012. Ella nació en Gutiérrez y actualmente tiene 30 años.  Cuando la conocí, trabajaba en el puesto de salud como auxiliar de enfermería pero a la vez iniciaba sus estudios en enfermería en la Universidad  Antonio Nariño de Villavicencio. Estudió en esa ciudad porque es más fácil llegar a la capital del Meta que ir a Bogotá. Desde el 19 de julio de 2016 empezó a ejercer su año de servicio social obligatorio o “rural”, un mecanismo creado por el Ministerio de Salud para que los médicos, enfermeras, odontólogos y bacteriólogos recién graduados trabajen por un año en las zonas rurales que están alejadas de las principales ciudades del país. Sin embargo, las condiciones laborales son fatales. Deben trabajar las 24 horas del día. Nunca descansan y para rematar no hay implementos para atender situaciones de emergencia.

Fuimos a almorzar a un lugar que está a 3 cuadras del puesto de salud. La dueña del restaurante, doña Felicia, nos sirvió dos tazas de ajiaco con una generosa porción de arroz. Sin preguntarle nada, Jackeline empezó a contarme cómo le ha ido en su trabajo. “A mí encanta trabajar para mi gente, pero en realidad las condiciones son muy malas. Aquí pagan una miseria y  no hay elementos suficientes”, me dijo. Su salario: un millón cien mil pesos, que debe distribuir para el mercado, los servicios y pagar el estudio de sus dos hijos.

Cuando empezó a ejercer su año de rural tuvo que atender una urgencia. Eran las 11 de la mañana del 27 de julio de 2016 y ese día ayudó al médico rural a atender un parto. La mujer venía de una vereda que quedaba a 5 horas del casco urbano. Era su octavo embarazo. Nunca había ido al médico. Ese día llegó con dolores y a punto de tener al bebé. En ese momento había dos opciones: montarse en la ambulancia, un carro destartalado marca Chevrolet, y arriesgarse a que el trabajo de parto empezara antes de llegar al Hospital de Cáqueza, el lugar más cercano para atender los pacientes de gravedad. La otra opción era atender el parto en Gutiérrez. Jackeline y el médico rural se decidieron por la segunda.

Acomodaron una vieja camilla de hierro, hirvieron agua y con sábanas esterilizadas recibieron el bebé. A la 1 de la tarde nació. Era un niño. Jackeline y el médico tuvieron que vigilar a los pacientes por 24 horas. No hubo complicaciones. Al día siguiente la madre se fue caminando hacia su casa con su bebé en los brazos. “Después de eso nunca volvió a controles. Lo que más me duele es que no sé si el bebé está bien de salud porque ya han pasado como siete meses y nunca lo han traído a los controles de crecimiento”, dijo Jackeline con tristeza.

Cuando terminó de contar la historia entró una llamada a su celular. Parecían malas noticias porque se puso pálida. “Camine rápido, hay una emergencia en el puesto de salud”, me dijo. No había ni llegado a la mitad del ajiaco y me tocó dejarlo. Salimos corriendo y dijo: “hay un herido. Hubo una pelea en la vereda Rioblanco. Ya lo traen para acá. Hay que acomodar todo porque parece que le cortaron el brazo con un machete”. El estómago se me revolvió.

En el puesto de salud

Queda incrustado en una colina, en el extremo sur de Gutiérrez. Desde lejos se ve como una casa común, es blanca y tiene dos pisos. Llegamos corriendo con Jackeline y pude entrar con tranquilidad. Imaginé que habría un celador que me detuviera, pero no fue así. En el puesto de salud, el médico y las enfermeras se cuidan solos. Hacía más frío que afuera. Se sentía un viento helado que corría por las piernas. El olor a humedad era intenso. Había una energía extraña. No se veían ventanas, todo lucía oscuro a pesar de las baldosas y las paredes blancas.

Avancé por un pasillo y encontré a Jackeline y al médico preparando los instrumentos en un pequeño cuarto. Afuera, en la pared, había un diminuto letrero que decía “Urgencias”. Sin embargo, los únicos instrumentos que tenían a la mano era una camilla de hierro oxidada, una sábana, suero, gasas, sutura y algodón. Me pare al otro lado del pasillo, tratando de ocultarme en una esquina y a los pocos segundos entró un hombre gritando: “¡Ayuda! ¿Dónde está el doctor?”. Vestía unas botas pantaneras, ruana y un sombrero. Apenas entró se desprendió un olor a tierra húmeda. El borde de sus uñas era de color negro. Traté de buscar la herida en alguno de sus brazos y noté que el izquierdo lo tenía envuelto en papel periódico. La última capa tenía las letras “El Tiempo”.

El médico se asomó rápidamente. Agarró al hombre del brazo derecho y lo empujó en la camilla. Con brusquedad le arrancó el papel periódico y se veía un manchón de sangre. Era de color café y la herida a simple vista no parecía tan grave. “¡Enfermera lave la herida con solución salina!”, gritó el médico. Jackeline procedió. Abrió una bolsita y a chorro vació todo el contenido. Vació la segunda, la tercera, hasta llegar a la décima. El color café de la sangre fue desapareciendo. Ahora se veía la herida. Estaba en el antebrazo. Era de unos 10 o 15 centímetros. La carne era de un rojo brillante y brotaba sangre con intensidad. El rostro del hombre estaba pálido. Yo tenía nauseas, pero me quedé a ver.

Empezaron a coser la herida. Con la ayuda de un tensiómetro le hicieron el efecto torniquete al hombre en la parte superior del brazo. El médico cosía dos puntos con la sutura. El hombre gritaba cada vez que la aguja le atravesaba la piel. Luego Jackeline quitaba el tensiómetro. Ponía una compresa de gasa por unos minutos. La gasa se empapaba de rojo. La arrojaba a la basura. Ajustaba de nuevo el tensiómetro. El médico volvía a coser. El procedimiento se repetía. Eran las 4 de la tarde. Ya habían pasado dos horas. Yo continuaba escondida en una esquina detrás de una pared. Mis ojos no se movieron de la herida.

El hombre continuaba pálido y parecía que se había desmayado en la camilla. Al fin dejó de gritar. A las 4:30 de la tarde terminaron. El médico sentó al paciente, se miró la herida y le dijo: “Doctor, ¿esto me va a quedar así?, ¿ahora cómo voy a sembrar fríjol con este brazo?”. El médico, en todo brusco le respondió: ¿Para qué se pone a pelear? Jackeline quiso acostarlo de nuevo en la camilla, pero el hombre se paró, agarró su sombrero y salió por la puerta refunfuñando. Se fue así nada más. No espero a que el médico o la enfermera le dieran recomendaciones. Ni siquiera supo si tenía que tomar medicamentos.

Jackeline continuó en la habitación de urgencias limpiando el lugar, mientras que el médico subió las escaleras a seguir atendiendo pacientes, los de la consulta programada para ese día. Aún se veían manchones rojos en el suelo y compresas bañadas en sangre. Puso todos los desechos en una bolsa roja y la llevó al patio. Allí se quedan hasta el miércoles, cuando pasa la volqueta de la basura. Los desechos se llevan a Bogotá, al relleno sanitario Doña Juana. Así es. La basura que llega a ese lugar no solo es de los bogotanos. Con un gesto Jackeline indicó que la esperara, así que me quedé parada en el pasillo.

A las cinco de la tarde ella bajó. Ya habían terminado de atender a los pacientes. Creí que la jornada había acabado y que por fin podría charlar con ella un rato. Sin embargo, debía continuar con el turno de urgencias. Nunca para de trabajar. Prácticamente vive en el puesto de salud. Cuando se me acercó, dijo que me acompañaría a esperar la flota hacia Bogotá. Lo había olvidado. La última sale a las 5:30 de la tarde, así que salimos del puesto de salud.

De regreso a Bogotá

A una cuadra había una panadería. Jackeline me invitó a probar los merengues, el pan de sagú y las rosquitas de arroz de doña Rosita. El rostro de ella se veía cansado. “Lástima que hoy pasó eso. Pero no se lleve una mala imagen. Acá la gente es muy agradecida con el trabajo, sobre todo los viejitos”, comentó. Con sinceridad le pregunté: ¿Por qué se siente una energía tan extraña en el puesto de salud? Ella respondió: “la última vez que las FARC se tomó el pueblo, en el 2003, esa casa fue la morgue”.

Gutiérrez limita con el Páramo de Sumapaz. Está al otro lado de Bogotá. En los noventa y principios del 2000, el municipio fue el corredor de los frentes 52 y 53 del Bloque Oriental de las FARC. Por allí pasaron cientos de secuestrados. Los campesinos viven asediados por el cobro de ‘vacunas’. Cuando alguien no paga, se toman el pueblo. Esa fue la causa del ataque del 2003. Jackeline tenía en esa época 16 años y no sabe cuántas personas murieron, pero sí recuerda con claridad que el puesto de salud albergó los cadáveres de las víctimas.

Ese día robaron el Banco Agrario y mataban a cualquiera que se interpusiera en el camino. También hicieron estallar bombas en el puesto del Ejército. Actualmente la mayoría de los habitantes que tienen entre 30 y 40 años sufren de trastorno de estrés postraumático. ¿Qué quiere decir? Todos quedaron con marcas de la violencia en la mente. Marcas imborrables. A partir de ese ataque, la comunidad le pidió a la fuerza pública que se fuera y por eso, el retén del Ejército ahora está antes de entrar al municipio. “Pero no es tan triste. No quiere decir que acá todos sean loquitos o algo así. Solo significa que las heridas de la guerra en la mente son difíciles de curar, pero no imposibles”, me dijo Jackeline.

A pesar de las promesas que no cumple el alcalde municipal, Rubiel Sabogal Agudelo, durante los últimos años la comunidad ha tratado de recuperarse del ataque y la ola de violencia que presenciaron. Sin embargo, Jackeline sabe que las personas están cansadas de las promesas. “Además de prometer arreglar la carretera, han prometido dotar con mejores equipos el puesto de salud”, dijo ella. Hasta hoy no han hecho nada de lo que prometen.

“Pero pruebe el merengue o algo. Y dígame a ver qué tal saben”, dijo Jackeline mostrando una sonrisa. Apenas lo mordí se sentía granuloso. Era crujiente en el exterior, mientras que el interior se deshizo en mi boca. Tenía un ligero sabor a vainilla, pero era bastante dulce para mi gusto. No dije nada. Después probé el pan de sagú. Era como un pandebono, crujiente y salado. Sabía a las achiras huilenses. “Prefiero el pan de sagú”, le dije a ella sonriendo. Le pedí a doña Rosita 2000 pesos de pan de sagú e hice cuentas en la cabeza. Creí que eso eran seis panes, cada uno a 300 pesos. Sin embargo, Rosita me pasó una bolsa con diez. El pan es más barato que en Bogotá.

La última flota que salía hacia Bogotá había acabado de llegar. Jackeline me acompañó al paradero, al lado de la Iglesia. Una fila de 10 personas estaba a punto de subirse. Pague los 22 mil pesos. Fui una de las últimas en subirme, así que me tocó el puesto de atrás. Me despedí de Jackeline por la ventana. La flota arrancó y a los cinco minutos ya estaba dormida. No importó el mal estado de la vía y que la flota saltara, simplemente cerré los ojos. A las 10:30 de la noche mi celular timbró. Tenía señal.