¿Por qué tenemos una educación tan mala en Colombia?

Viernes, 02 Mayo 2014 10:21

El descalabro de las pruebas Pisa nos sirve para entender que el problema de la educación es antiguo y tiene que ver con los procesos de inclusión social del país.

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Dos mundos

Hace unas semanas hizo noticia el anuncio de que Colombia había quedado “de últimas” en las pruebas de evaluación de calidad de la educación conocidas como PISA (Programme for International Student Assessment).

El titular causó escándalo e hizo que algunos procedieran, de manera ridícula, a culpar al ministro y al presidente de turno. Sin embargo el resultado no fue sorpresa para quienes llevamos años de seguir la educación en Colombia. Incluso la noticia tiene su lado bueno: por lo menos ahora Colombia participa en las pruebas PISA.

Ya desde niño había notado yo que parecían existir dos tipos de educación en Colombia: la de los colegios privados a dónde íbamos los hijos de familias que podían pagarlos, y la de las escuelas a dónde iban los hijos de los pobres. Cuando nos encontrábamos ocasionalmente, era evidente la diferencia entre lo que habíamos aprendido los unos y los otros.

Años más tarde me enteré de que también había colegios públicos de secundaria en las capitales departamentales que podían ser iguales, o aun mejores, que los privados; pero a ellos solo lograban acceder los superdotados hijos de las familias que no podían pagar un colegio privado.

Estudiantes de un colegio público de Medellín.

Foto: medea_material

Un por qué

Hace ya casi medio siglo, cuando me iniciaba como economista, una misión de la Universidad de Minnesota estableció el primer programa de postgrado de Economía en la Universidad de los Andes. Mi interés primordial en ese postgrado fue la economía de la educación, es decir, el estudio de cómo educación y economía interactúan en distintas sociedades o contextos.

Uno de los profesores de Minnesota se interesó en mi investigación sobre economía y educación en Colombia y me pidió que lo llevara a hablar con conocedores del tema. La entrevista en el Ministerio de Educación quedó grabada en mi memoria. El secretario del Ministerio (en esa época no existían los viceministros) con quien hablamos era un joven inteligente y preparado que oyó con atención lo que dijimos y respondió muchas preguntas.

Al final, cuando nos despedíamos, el secretario comentó muy “entre nos”: “nada de eso que ustedes proponen se va a hacer”. Yo le pregunté: “¿por qué lo dices?”. Tras resistirse un poco, me contestó: “¿crees, que a la dirigencia de este país le interesa que los pobres aprendan a leer para que se lean El capital y El libro rojo y les quiten el poder?”.

Algo hemos mejorado

Una década después, no éramos muchos en mi generación los que aún teníamos fe en que educar a todos era la clave para lograr el desarrollo económico de Colombia. Puedo decir ahora, sin embargo, que el plazo para educar a todos ha resultado ser mucho más largo del que esperaba entonces. Sin discutir aquí las muchas sutilezas que tiene la “educación para todos”, es indudable que Colombia está muy lejos de cumplir ese objetivo.

Para alrededor de diez millones de colombianos no ha habido ningún avance educativo respecto de sus abuelos o bisabuelos

No cabe duda de que las condiciones de vida han mejorado notoriamente desde mediados del siglo pasado. Basta con mirar los indicadores básicos de salud y educación: la mortalidad en el primer año de vida pasó de más de 120 niños por 1.000 a menos de 20, y el enrolamiento escolar en primaria, de menos del 25 a 87 por ciento. Pero es preciso mirar ciertos detalles para entender mejor qué se dejó de hacer a lo largo del proceso, sobre todo en el caso de la educación.

El problema de fondo

El crecimiento demográfico había llegado a su pico hacia los años 1970, lo cual fue acompañado por un proceso de urbanización acelerada. Esto creó gran presión sobre el sistema educativo: entre 1958 y 1963 el gasto público en educación aumentó de manera notable, y entre 1960 y 1995 el presupuesto del sector se mantuvo alrededor de un 3,2 por ciento del PIB.

¿Cómo hicimos para expandir la matrícula a un ritmo muy superior al crecimiento de la economía, y sin embargo mantener constante el gasto educativo como proporción del PIB? La respuesta es sencilla: disminuyendo el gasto por estudiante en términos reales. De esta manera, una educación pública que ya era de baja calidad a mediados del siglo XX, difícilmente podría haber mejorado.

No solo en Colombia sino en otros países existe la tradición de culpar a los docentes por las fallas del sistema educativo. Ahora bien, si el nivel medio de los docentes es de verdad insatisfactorio, lo pertinente no es echarles la culpa a ellos, sino preguntarse por qué el sistema educativo selecciona y utiliza profesionales de ese bajo nivel.

¿por qué sigue siendo tan alta la proporción de personas completamente marginadas de los beneficios de la modernidad?​

No cabe duda de que, aunque la docencia supone una buena dosis de vocación, los salarios bajos de los maestros pesan mucho sobre su calidad profesional y sobre los incentivos para su desempeño. Cuando los salarios medios de los maestros de escalafón bajo (o no escalafonados) se acercan al nivel del salario mínimo se ha ocasionado un daño irreparable a la ya baja calidad de la educación que reciben los alumnos. Y falta lo peor: las pruebas PISA se aplican a estudiantes de los grados 7 y 9, es decir que no incluye a la población que solamente tiene acceso a escuelas primarias, cerca del 20 por ciento del total.

La cobertura educativa en el sector rural parece estar alrededor del 30 por ciento, lo cual implica un atraso similar al que aquejaba a Colombia en 1950. Para alrededor de diez millones de colombianos no ha habido ningún avance educativo respecto de sus abuelos o bisabuelos

Un estudio de la Universidad de los Andes, Calidad de la educación básica y media en Colombia, repasa buena parte de los temas que hemos venido debatiendo desde hace medio siglo. Dice el informe: “Primero, la cobertura ha mejorado de forma importante pero aún hay que completar el esfuerzo para alcanzar coberturas aceptables en todos los niveles de educación básica y media. Segundo, aunque ha habido mejoras en la calidad de la educación, aún hay signos preocupantes tanto en el nivel promedio de la calidad de la educación como en la distribución de la misma”.

Este estudio se basa, entre otras fuentes, en las pruebas PISA de 2006, y ahora, siete años después, las cosas parecen haber empeorado. Queda pues la pregunta de si tendremos que esperar otro medio siglo para decir otra vez que hubo progreso pero que los resultados no son aún satisfactorios.

Escuela Nuestra Señora de Fátima en Tumaco.

Foto: Global Humanitaria

Democracia de mala calidad

Pero existen otros indicadores económicos que pueden asociarse con la mala calidad de la educación, como decir la alta incidencia de la pobreza y el alto índice de desigualdad.

También sobre estos índices debe uno preguntarse: ¿por qué también aquí, como en la educación, hay (cuando más) avances que son insuficientes?, ¿por qué sigue siendo tan alta la proporción de personas completamente marginadas de los beneficios de la modernidad?

Pienso que la respuesta está por los lados de la caricaturesca pero totalmente verídica observación del secretario del Ministerio de Educación en 1965. Hace pocas semanas completé la lectura de dos libros recientes: uno es Pa’ que se acabe la vaina, de William Ospina, y el otro es The Tyranny of Experts, de William Easterly. Ambos dicen lo mismo que decía el secretario en 1965 y lo documentan bastante bien: la democracia colombiana es de mala calidad porque las clases dirigentes se han arreglado para excluir a las mayorías e impedir que sus representantes lleguen al poder. Esto le resta legitimidad al sistema y retrasa el proceso de desarrollo económico. Y ambos autores dicen que hay que cambiar.

No es que no se haya hecho nada en cincuenta años, pero lo principal está aún por hacerse: integrar al país a la población más pobre, relegada y desplazada. Son muchos y llevan muchas décadas de sufrimiento.

Colombia tiene pendiente la tarea de establecer una democracia verdadera. Si seguimos esperando, crece el riesgo de caer en espejismos populista o de agravar las dolencias de una sociedad fragmentada.

*Ingeniero Civil, Universidad Nacional. M.A. y candidato a Ph. D. de Economía de la Universidad de Minessota.