De Bogotá a Girardot en una flota pirata

Martes, 01 Mayo 2012 12:40
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Los precios oficiales, que varían entre 12.000 y 17.000 pesos no tienen nada que hacer contra los que ofrece el asistente del Chevrolet modelo 70’.  $8.000 es la tarifa que se paga para que "La Coqueta", como dice en su vidrio trasero, lo lleve a uno hasta Girardot.

A pesar de los controles de la policía de carreteras las flotas piratas siguen siendo muy populares entre los viajeros que quieren ahorrar.||| A pesar de los controles de la policía de carreteras las flotas piratas siguen siendo muy populares entre los viajeros que quieren ahorrar.||| Foto: David Recio / plazacapital.co|||
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Es sábado a las 8 de la noche y un bus Chevrolet modelo 70’, de la empresa Cootransur, está parqueado a un costado de la Autopista Sur, a la altura de Bosa, Despensa. Junto con otros buses y microbuses de diferentes empresas, espera a que los "viajeros de bajo costo" se monten a él, para poder arrancar una travesía que con suerte los llevará en unas 3 horas hasta Girardot.

En el andén, un grupo de hombres aplaude y grita los destinos de los buses que promocionan. “¡'Girardó’, Girardó’, Melgar, Fusa!” son los destinos más pronunciados por estos hombres que, con un fajo de billetes doblados entre los dedos, atraen a más de un viajero con la tentadora estrategia publicitaria y el bajo precio del viaje.

Los precios oficiales, que varían entre 12.000 y 17.000 pesos no tienen nada que hacer contra los que ofrece el asistente del Chevrolet modelo 70’.  $8.000 es la tarifa que se paga para que "La Coqueta", como dice en su vidrio trasero, lo lleve a uno hasta Girardot.

Después de unos 40 minutos se enciende y se puede escuchar su ronco motor con más de 40 años de uso, que a diferencia de lo que recomendarían las autoridades sigue trabajando como si estuviera nuevo. “Papi, colabóreme hacia atrás”, “ya le soluciono lo de la niña, sumercé”, es lo que se le alcanza a escuchar al asistente que hace unos minutos vendía los pasajes.

Luego de un golpe con la mano del asistente en las latas, el bus comienza a andar con sus 42 asientos ocupados y entre 8 y 12 personas de pie. Además, Margot de 62 años, Laura de 7 y Sebastián de 19 van sobre el pasillo sentados en una caneca de Pintuco. La ruta que se sigue hasta Girardot es por “Sibaté, San Miguel y la Aguadita. De ahí  se llega a Fusa hacia la una de la mañana, y, como ya es bien de noche, casi no hay policía, entonces nos vamos por la nueva por todo el Boquerón hasta 'Girardó’ ¡Y listo!”, dice Jesús Martínez, conductor del bus, quien lleva haciendo esta ruta más de 20 años.

Poco tiempo después de haber partido, con el bus totalmente a oscuras y un sutil olor a gasolina, se comienzan a sentir las subidas en la carretera y las curvas cerradas que más de una vez hacen mirar a los pasajeros por la ventana para ver un pueblito a la distancia del precipicio en el que titilan las luces de la calle. La mayoría de los pasajeros se ven tranquilos ante las curvas y las quejas del motor, seguramente porque no es la primera vez que hacen este viaje o porque la bendición que se dieron al empezarlo les da la confianza suficiente de que el Espíritu Santo evitará que el bus se desbarate en la mitad del camino.

Justo al llegar al alto de San Miguel, después del peaje, el viejo motor del Chevrolet modelo 70’ comienza a toser hasta que de un momento a otro, el bus se para y no anda más. El asistente anunció la parada técnica y recomienda visitar el “Paradero Las Gaviotas”, que está a unos 30 metros de donde se varó "La Coqueta". Laurita y su mamá se bajaron para ir al baño, mientras Sebastián y otros 3 jóvenes van en busca de unas cervezas para alivianar el viaje. Los dueños del paradero aprovechan el suceso para cobrar $500 por la entrada al baño y prenden un equipo de sonido en el que suena "La maratón del humor de Candela Estéreo", que, al ritmo de Pastor López y Diomedes Díaz, ameniza tanto las cervezas de Sebastián como las papas que se come Laurita. Por su parte, doña Margot aprovechó que casi todos los pasajeros se habían bajado para sentarse en una silla y tomar una siesta.

Después de más o menos hora y media de estar escuchando los chistes de "Herly Hassam" y "Boyaco Man", entre canción y canción, el viaje sigue su rumbo, después que el asistente del bus, con los brazos llenos de grasa, va a pedir prestado un lavamanos y a avisar que el bus va a arrancar. Diez minutos más tarde, el mismo asistente, un poco más limpio, pregunta si falta alguien y, ante el silencio de los pasajeros, le hace una seña a don Jesús para que arranque otra vez.

El camino cambia a partir de este momento porque todo es de bajada, lo que ayuda que el motor del Chevrolet modelo 70’descanse un poco, y no "tartalié" tanto como lo había hecho hasta San Miguel. No solo el camino cambia sino también la temperatura, el ambiente se torna un poco más húmedo y los pasajeros poco a poco comienzan a abrir las ventanas con la dificultad que esto significa, gracias al moho posado en los marcos de las ventanas. “Mami ya huele a tierra caliente”, le dice un niño a su mamá que, entre dormida, le agarra la cabeza y se la acaricia.

Entre tanto Sebastián y sus amigos se pueden considerar los pasajeros más "alegres" del bus, seguramente a causa de las cervezas que todavía se toman, pero ya no en botellas sino en latas. Varias personas empiezan a quitarse los sacos y algunos solidarios cambian de puesto un rato con los que van parados desde Bosa.

Luego de unos 45 minutos de camino, el asistente sale de la cabina, desde donde don Jesús deja ver su bigote y su cabeza sin mucho pelo a través del retrovisor. “¡Los que se bajan en Fusa!”, dice, y la puerta del bus se abre mientras este se detiene en medio de una calle desolada, en la que lo único que se ve con actividad es una tienda donde un grupo de hombres está tomando cerveza, acompañados por un vallenato.

Después de que unas 12 personas se bajaron y los que iban parados con un gesto de satisfacción se sentaron, la única que siguió en su lugar original fue Laurita, a quien, al parecer, le gustó la experiencia de ir sentada en un balde de pintura que baila con cada frenazo del bus. "La Coqueta" se puso en marcha y, gracias a la nueva carretera y a que ya no había sobrecupo, el viaje fue más placentero para todos los pasajeros, incluso para Sebastián y sus amigos, que se quedaron dormidos exhalando un "tufo" que impregnaba hasta el último de los lugares del bus.

El Chevrolet modelo 70’ llegó a una calle cercana al terminal de Girardot  a la 1:47 de la mañana, donde la gente, poco a poco, comenzó a bajarse exhibiendo peinados que difícilmente podrían ser igualados en la semana de la moda de París. Por su parte, el asistente baja maletas y cajas de LG, Axión y otras marcas de productos reconocidos que iban envueltas en cinta y con cabuya para que no se abrieran.

Al haberse bajado casi todas las personas del bus, don Jesús, como buen capitán, revisa que nadie haya dejado ninguna cosa en su nave y se baja de "La Coqueta" desperezándose y dándose una bendición que indica que su labor allí ya fue cumplida.