Danse Macabre: ¿cómo es pertenecer a un equipo de Jugger?

Miércoles, 08 Noviembre 2017 15:20

Espadas, lanzas y escudos que parecen traídos de la Edad Media son portados por los jugadores. Se forman dos líneas de batalla y empieza el juego: ¡3, 2, 1, Jugger!

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Llego a un pequeño parque en la zona de Mazurén, en el norte de Bogotá, en la tarde de un domingo. No soy una persona muy entregada a los deportes, pero este sí que pudo llamar mi atención. Me siento en una banca y me recibe con una gran sonrisa Ana María, quien me permitió participar en el entrenamiento. Mi atención se dispersa hacia el resto de personas calentando tras de ella. Hacen ejercicios muy profesionales, tienen la misma preparación física y compromiso de cualquier otro deporte más socialmente aceptado. A partir de aquí mis imaginarios empiezan a cambiar y empiezo a sumergirme dentro de Danse Macabre.

Primero aclaremos de qué estamos hablando. El Jugger es un deporte sacado de una película australiana de finales de los años ochenta en la que un grupo de guerreros lo utilizaban para solucionar sus conflictos. En el largometraje las armas utilizadas son reales y se juega a muerte. Aquí las armas se hacen utilizando tubos de pvc y goma eva. Se juega con un Jug, una especie de pelota que debe ser introducida en un pequeño aro ubicado en el suelo para anotar puntos. El equipo contrario debe defender el propio.

Hay un fuerte componente de competencia. Los integrantes del equipo se toman la práctica con mucha seriedad, dividen las labores en posiciones como corredores y defensores y cada quien cumple una labor muy específica en las partidas.

Un universo de leyendas se ha creado alrededor de quienes practican este deporte. Que sus jugadores son ñoños, que no hacen nada por sus vidas, que son personas encerradas en su infancia, que solo son un grupo de locos queriendo llamar la atención, y un largo etcétera. Gracias a ello, las miradas de los peatones son muy recurrentes y aquellas personas que llevan a sus hijos al parque hacen todo lo posible por alejarlos del campo de juego. Esto no es problema, no es la primera vez que los miran, no es la primera vez que los estereotipan y tampoco será la última. Tampoco será la última vez que no les importa.

El muro de ideas que tenía respecto a los integrantes del equipo se desmorona poco a poco, solo con la charla introductoria. Luego de terminar de calentar, el resto de integrantes se acercan a la banca donde estaba sentado y comienzan a hablar entre sí. Se resaltan las historias de Juliana, una chica que se está terminado su maestría en historia del arte; la de Elliot quien se dedica al tatuaje; y la de Yenlan, quien cursa su último grado en el colegio mientras hace un preuniversitario de administración de empresas. “¿Qué no hacen nada? ¡Pff qué va!” Es la primera idea que inunda mi cabeza. También me impresiona la variedad de edad que hay entre ellos. Unos incluso alcanzan los 30 años mientras que otros están muy lejos de tener la mayoría de edad. Esto no evita que su relación sea muy fuerte. “¿En qué otro deporte sucede que no dividan a sus participantes por sexo o edad?”. Es mi segundo pensamiento.

Se dividen en dos grupos de cinco personas y se preparan para la partida. Cada uno toma su arma predilecta y se ubican en sus posiciones. Cuatro por equipo empuñan un arma. Uno juega solo con sus manos. Es el corredor. La única persona que puede tomar el jug y encestarlo en el aro para marcar, el resto tiene la labor de defenderlo. Alguien al fondo grita “¡3, 2, 1, Jugger!” y se da inicio. El juego es veloz. Dinámico. El corredor se escabulle entre las armas mientras los del otro equipo tratan de impactarlo. Si te golpean, debes permanecer en el suelo hasta que termine la jugada. Si el jug toca el piso, pasa a ser del otro equipo. Tienen una muy buena técnica. Se hace evidente su preparación. Aunque la idea no es perjudicar al contrincante, los golpes son contundentes. Este ritual se repite por unos treinta minutos.

Ahora viene la parte técnica. Comienza una reflexión basada en el partido que acaba de terminar. Se resaltan las buenas acciones así como lo que debe corregirse. Se aporta, se debate, se pone en duda. Es bastante impresionante la motivación y la seriedad con la que se toman el Jugger. Pienso que podría estar viendo el entrenamiento de cualquier otro equipo de cualquier otro deporte. Danse Macabre siente cariño por lo que hacen y muestran mucha disciplina. “Siento que no tenemos nada que envidiar a otras actividades…bueno, que nos tomaran en serio”, dice Ana María mientras un estallar de risas inunda la conversación.

El entrenamiento termina. Se cambian y un par se despiden, otros desvían su atención por la pregunta, “¿pola?”. Me uno con la intención de ver que hay más allá del equipo. Caminamos un par de cuadras hasta llegar a un almacén. Recaudan la vaca y alguien va a hacer el domicilio. Otros esperan afuera y se encienden un cigarrillo. No hay regaño ni llamado de atención. “¿No hay problema por fumar?”, le pregunto a Ana María con mucha duda, a lo que me respondió risueña “nosotros no somos nadie para decirnos qué hacer o qué no hacer. Ni siquiera tiene que ser el mejor jugador del mundo para pertenecer al equipo. Mientras tenga disciplina y le guste pasarla bien, todo bien”. Llegan las cervezas.

La conversación toma un rumbo bastante estrepitoso. Literatura, música, cine, teorías académicas, cómics y más. Me sorprende bastante ver con la agilidad con la que se transforma la temática, pero me impacta aún más el conocimiento con el que abordan cada idea. No son aportes vacíos, cada argumento tiene una razón de ser y, cuando no, la crítica es bien recibida. En más de una ocasión me preguntan qué opino. Ello facilita mi confianza con ellos. Ya no soy el extraño que fue a observar, ahora soy un cordial invitado con las puertas abiertas.

El próximo entrenamiento será llevado a cabo el siguiente jueves. Ya el plan está organizado. A las cuatro de la tarde comenzará el procedimiento hasta las seis, luego se dirigirán a la casa de Ana María a ver el KickOff, primer partido de la temporada de fútbol americano del semestre. Hay mucha emoción respecto al tema. “Además de gustarnos, vemos los partidos porque hay muchas estrategias que podemos aplicar a nuestra forma de jugar Jugger. Los esquives, los ataques, etc. Incluso si lo vemos de cierta manera, se parecen porque son dos equipos teniendo un enfrentamiento frente a frente. Nos ayuda a ser mejores”, explica Ana María al ver mi cara de confusión.

La cerveza se acaba y cansados emprendemos el camino a casa. “Si quieres ir con nosotros el jueves estás más que invitado”. Le doy las gracias y me despido. Fui con bastantes expectativas porque como dije antes, el jugger sí que supo llamar mi atención y quizás, tan solo quizás, ser un ‘ñoño’ es mejor de lo que creí.