La fundación que lleva música y comida a los habitantes de la calle y migrantes venezolanos de Bogotá

Jueves, 22 Octubre 2020 22:08

En una camioneta Dodge modelo 79, cada viernes, Gerson Gelves y cuatro de sus ayudantes recorren algunas calles de Bogotá. Sin falta y desde las seis de la tarde llevan alimento a los habitantes de calle y a las personas en estado de vulnerabilidad.

Recicladores se acercan a recibir las onces|Las donaciones contribuyen con la labor social de la fundación|La camioneta se prepara para iniciar la jornada||| Recicladores se acercan a recibir las onces|Las donaciones contribuyen con la labor social de la fundación|La camioneta se prepara para iniciar la jornada||| Sofía Rodríguez|Sofía Rodriguez|Sofía Rodríguez|||
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La jornada empieza con la elección del alimento que se repartirá, algunas veces son comidas calientes como arroz o pasta y otras veces se ofrecen las populares onces bogotanas, al atardecer, después del almuerzo, pero antes de la cena. El nombre es solo costumbre, pues muchas veces este refrigerio es el primer alimento del día que consumen los habitantes y trabajadores de la calle. El menú de la semana anterior fue un jugo de caja, un paquete de galletas de leche y la opción infantil incluía una compota.

Don Gerson y sus acompañantes hacen parte de la Fundación Dos Peces, esta empezó en   el año 2009 como un grupo parte de la Parroquia San Buenaventura, pero tiempo después fue registrado como una fundación. Se dice que su nombre hace referencia a sus creadores, don Gerson y Alex Niño, dos personas con personalidades totalmente disímiles pero que  motivados por su fe católica sirven a los demás.

Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), en el año 2017, en  Bogotá había 9.538 habitantes de calle. A esta problemática ahora se le suman los más de 200.000 inmigrantes venezolanos en la capital.  Aunque el pasado viernes nueve de octubre  se repartieron  alrededor de 500 refrigerios esto no cubre ni el 6% del total de esta población vulnerable.

Al igual que otros grupos y fundaciones que reparten alimento en las calles bogotanas, Dos Peces no genera ningún ingreso para los miembros, por el contrario, necesita de la comunidad para seguir con su labor. Hace más de 4 años, un carnicero del norte de la ciudad donó la camioneta que transporta el alimento. Es modelo 79 de marca Dodge, mitad blanca y mitad azul, y está debidamente marcada con el logo de la fundación, a veces le molesta el motor, los cambios, se queda sin fuerza o se recalienta, pero ningún fin de semana ha dejado de aliviar el hambre en la ciudad.

 Mientras los ayudantes llevan las cajas, bolsas y canastas de comida al vehículo, don Gerson se encarga de cuadrar el parlante en el techo de la camioneta. Según él, las personas con hambre  reconocen a la fundación por la música religiosa y por eso se acercan. La canción que los identifica es ‘Alma Misionera’. Cuando ya todo está listo los ayudantes se suben y empieza la travesía del viernes por la noche, no sin antes realizar una oración. Salen de la calle 183 donde está ubicada la sede de la organización y se dirigen hacia la Autopista Norte.

La rapidez de la vía impide percatarnos de la numerosa cantidad de personas que viven debajo de los puentes. Pero los miembros de Dos Peces ya reconocen en que puntos se encuentra la mayor concentración. El volumen del parlante no es que haga una gran diferencia, pero el silencio del sector hace que la canción se disperse y se escuche en la guarida más recóndita.

Poco a poco los habitantes de calle y migrantes venezolanos salen del caño, se acercan a la camioneta, y pasan la voz a sus compañeros. Algunos prefieren no acercarse y no comer, otros se aproximan, pero su estado de drogadicción es más que evidente. Los ayudantes entregan el jugo y las galletas y lo acompañan con un “Dios lo bendiga”, pasado los minutos el lugar vuelve a la normalidad y no queda huella de aquel suceso.

El vehículo avanza lentamente para no saltar ninguna persona, sin embargo, esto  no suele agradar a  todos, pues los pitos de los otros carros  y las miradas extrañas no faltan.  Los “zorreros” también atraviesan la avenida, ya a ninguno se le ve con caballos, ahora ellos llevan el peso de la chatarra, el  material reciclado y  lo que denominan sus objetos personales. Don Gerson se parquea por delante de las carretas y espera que el reciclador reclame el alimento. Al mirar en el retrovisor se aprecian a estas personas sentadas en el andén tomándose el jugo como un merecido premio después de caminar varios kilómetros en el día.

Desde la calle 80 donde la Autopista Norte se convierte en la Avenida Caracas, mientras se va disminuyendo el número en las direcciones, mayor es la cantidad de personas que se acercan a la camioneta azul. Pasando la Torre Colpatria, en los establecimientos de chatarra y reciclaje por la calle 25, niños, habitantes de calle y venezolanos se aglomeran contra el vehículo para no quedar sin alimento. Luisa, ayudante de la fundación, se baja del carro y les pide que se organicen en filas y que no repitan. No todos  hacen caso. Un reciclador probablemente de la tercera edad y de apariencia dulce se acerca y recibe sus onces, pasados  algunos minutos, el mismo anciano con un rostro pícaro aparece nuevamente al inicio de la fila, pero esta vez con un blazer diferente, logra confundir a los repartidores y se lleva un doble refrigerio.

Pasan las horas y en el centro de la capital renace la vida nocturna. En la calle 22 empiezan a verse  los prostíbulos y  algunos bares de bajo presupuesto. En este sector en especial hay una gran concentración de migrantes del país vecino, algunos salen de casas donde habitan entre 10 o 20, y otros se encuentran divagando por las vías. Se acercan y de un grito llaman a los demás, se da prioridad a los niños y  a las mujeres embarazadas, algunas de ellas corren con sus bebés en brazos para poder recibir algo.

En la conocida calle 19 las luces de los rumbeaderos y las residencias contrastan con el ambiente frívolo de las aceras anteriores. La música de los bares y tiendas opaca las canciones religiosas, sin embargo, esto no es un impedimento para que el vehículo llame la atención de los trabajadores del sector.  Las primeras en acercarse son las trabajadoras sexuales trans, ellas saludan y dan las gracias, las demás se acercan con desconfianza, algunas preguntan  qué es lo que se entrega y de manera seria y cortante toman el alimento y se retiran.

Por la misma calle, ahora dirigiéndose hacia el occidente, la camioneta sigue con su trayectoria. Don Gerson conoce los callejones y pasadizos menos populares de la ciudad y atraviesa por barrios enteros sumergidos en la marginalidad y pobreza. Acá es donde llegan a refugiarse algunos vendedores ambulantes, recicladores, trabajadoras sexuales e inmigrantes. Viven en pensiones y ‘pagadiarios’.

 Pasadas las 8 de la noche, mientas se entrega el alimento en uno de estos barrios, se interrumpe un partido de fútbol callejero de unos niños aparentemente indígenas. Al ver que todos se aglomeraban, más de siete niños con el cabello largo, tez morena y ojos rasgados se miraron entre ellos y decidieron acercarse. “Algunos de estos niños son hijos de los indígenas que venden artesanías por el centro”, comenta Martha, acompañante del recorrido.

Los miembros de la fundación, a eso de las 10, llegan al último punto de entrega, la parte trasera del centro comercial Calima, entre la carrera 30 y la calle 19. Entre los olvidados rieles del tren de la Sabana, se encuentra toda una comunidad de personas habitantes de calle, las carretillas sobrepasan las 15 unidades, y las hogueras mantienen caliente e iluminado el lugar.   El vehículo de Dos Peces llega haciendo todo el ruido posible para que las personas salgan de sus refugios, los perros son los primeros en salir de los cambuches y  alarman a sus dueños de un posible  invasor. Al escuchar la música las personas se acercan e incluso algunos tararean.

Las arrugas en la piel y la escasa dentadura de estos habitantes de calle los encasilla entre los 40 a los 60 o incluso 70 años. Cada individuo es un personaje distinto e inquietante con una historia diferente que contar. En una cicla clásica de los ochenta plateada y con el manubrio más alto de lo normal se acerca un anciano con un sombrero elegante y unas gafas rosadas al estilo John Lennon, su apariencia hippie llamó la atención de los voluntarios y él accedió a dejarse tomar  una foto.

La trayectoria de este día finalizó como todas las semanas con las canastas vacías. La camioneta da media vuelta y se dirige nuevamente a la calle 183. La fundación seguirá entregando alimento todos los viernes, don Gerson ya no se preocupa por los recursos “la fundación es de Dios y él proveerá”, afirma. El próximo reto es en el mes de diciembre, aspiran que con aportes de la comunidad se pueda entregar más de 4.500 alimentos en La Guajira.