Coronavirus y duelo: Pensamientos de cuarentena a quien su mundo se le derrumbó

Domingo, 19 Abril 2020 10:54

Perder a mi papá hace un año me enseñó sobre el aislamiento, el miedo y la felicidad, entre otras cosas. Ha pasado un año desde que el mundo se me cayó y tuve que reorganizar toda mi vida para continuar. Hace un año estaba tomando un bus desde Bogotá hacia el pueblo de mi abuela donde mi papá acababa de fallecer. 

Luchito y yo, eternos||| Luchito y yo, eternos||| Laura Valentina Cortés Sierra|||
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El teléfono sonó muy temprano un jueves santo y escuché, de mi tía, las palabras con las que un año después tantos tienen pesadillas “Tu papito se murió, tenemos que ser fuertes”. Un año después la vida ha tomado diferentes rumbos, una beca me trajo a un segundo intercambio en Inglaterra y en una soledad diferente recuerdo, entre lagrimones y canciones de Silvio, los momentos borrosos de hace un año. Tan diferentes a esta pausa, esta tranquilidad de una caminata diaria y bajar el ritmo, en la cuarentena en Inglaterra. 

Recuerdo esa cadena de eventos tan dolorosos que me veía obligada a cumplir, cuando yo solo quería llorar y no moverme por días de en mi cama por esa pesa que es el luto en el pecho. La llamada, el viaje, misas y más misas que no significaban nada, abrazos a rostros difusos, dolor, lluvia, y el terror de lo que viene, una vida sin él. Vuelvo al hoy, otra yo, el dolor cambia a las personas. De repente, todo el mundo se ha transformado abruptamente, no solo el mío. La gente ya no tiene el control, hay pérdidas en cada noticia, historia, estado, silencio. Pérdidas del poder de decisión, de seguridad financiera, de conexión con otros, del poder sobre la libertad y la vida misma. Nada es como era antes, las emociones impredecibles se manifiestan por turnos y grados en cada uno: el miedo, la soledad, la ansiedad, la rabia, el dolor propio o colectivo y claro que sí, la felicidad más inesperada.  

Veo al mundo temblar de esa forma y no puedo más que volver en el tiempo y pensar que se trata de la sensación de luto o duelo que me pateó por primera vez hace un año. Ese luto, que he odiado, detestado y ojala un día aprenda a abrazar, es lo que veo en la humanidad en este momento de pandemia. El luto colectivo de millones de personas a quienes se les fue esa sensación de control, de normalidad, de prever un futuro, de dejar mil planes para después, de esperar un abrazo sin esperanza de que llegue. 

Entre los grupos de apoyo virtual de los que hago parte en Facebook y mi diario de cuarentena encontré que esta relación ya la habían trazado al menos dos expertos. Como lo expresó el terapeuta y autor Lori Gottlieb, para el New York Times: “Además de las trágicas pérdidas de vidas, salud y empleos, lamentamos las pérdidas de bodas, deportes y la capacidad de comprar huevos o cortarse el pelo”. “Estamos sintiendo diferentes duelos. Sentimos que el mundo ha cambiado, y lo ha hecho. Sabemos que esto es temporal, pero no se siente así, y nos damos cuenta de que las cosas serán diferentes. La pérdida de la normalidad; el miedo al costo económico; La pérdida de conexión. Esto nos está afectando y estamos afligidos. Colectivamente. No estamos acostumbrados a este tipo de pena colectiva en el aire“ dijo para el Harvard Business Review David Kessler, experto en duelo.  

Con la certeza de que ninguna pérdida vale más que otra y de que nadie tiene el derecho a decirte cómo sentirte, cuánto doler o cuándo sanar, dejó en los siguientes párrafos memorias y aprendizajes que me dejó la muerte de la persona más importante de mi vida. Como dijo una chica en un grupo de duelo virtual hace poco: "Hay una calma y una fortaleza silenciosas dentro de nosotros los que hemos perdido a alguien en este momento. Mientras todos los demás entran en pánico, podemos apoyarnos en nuestra capacidad de resiliencia. Habiendo enfrentado el fin de nuestro mundo antes una vez, sabemos que podemos superar cualquier cosa".

SOBRE MI DOLOR

Mi relación con el dolor tan profundo que resultó perder a mi papá me ha hecho sentir que otros dolores que experimento se han atenuado. Puede que sea solo mi experiencia pero hasta el dolor físico se siente diferente y en parte secundario cuando lo comparo. Porque el luto, especialmente en las primeras semanas se sentía como un anestésico que me llevaba sonámbula por la vida, sin capacidad de sentir más que un vacío que me llenaba los pulmones y me impedía respirar.

Siempre he sido una persona de gente, de hablar, de viajar, de abrir el corazón y tal momento de crisis, que es el luto, me enseñó que contaba con un círculo de apoyo que no era muy grande pero que se fortaleció. A la vez, aprendí que no era necesario mantener cerca a quienes no entendieran mi proceso y que no le debía a nadie explicaciones por mi forma de doler o de sanar. Creo que aislarme y cerrar muchas puertas después de lo de mi papá me permitió encontrar la fuerza en mí y en aquellos, que sin importar la distancia geográfica o el dolor en sus propias vidas, encontraron el amor y la energía para ayudarme a hallarle sentido a seguir viviendo e intentando ser feliz. 

Quizá por esta experiencia de aislamiento de hace un año, en mi octavo día de cuarentena en Inglaterra, cuando cerraron Colombia, a pesar del miedo obvio de no tener fecha de regreso fija, me sentí en territorio confiable. Mi soledad, mis flaquezas, mi fuerza y yo, pero también personas hermosas a la distancia de un click cuando las necesitara. Es el momento de conectarnos con esas emociones, de explorar formas de expresarlas olvidando lo que la sociedad muchas veces intenta implantarnos sobre no hablar de los sentimientos. Recuerden que buscar ayuda es de valientes, decir que no están bien y apoyarse en otros, como cualquier duelo, este momento es difícil  y nadie tiene derecho a menoscabar su dolor. 

Soy de las románticas que piensan que la fuerza real está en tener el coraje de sentir y también creo que en este viaje podemos recurrir al arte que resulta ahora lo que nos mantiene en pie, yo he dibujado, bailado y escrito, escuchado conciertos virtuales, visto series y hasta me he aventurado en la cocina a replicar las albóndigas favoritas de mi papá. El arte es una gran manera de abrazar esas emociones. 

SOBRE EL DOLOR DE OTROS

Concuerdo con Lori Gottlieb en que: “Como terapeuta, siempre digo que no existe una jerarquía de dolor: el dolor es dolor. El sufrimiento no debe clasificarse, porque el dolor no es un concurso”. Me duele la perdida de mi padre ya hace un año y aunque se haya sentido como el peor dolor del mundo entiendo que esto no me da derecho a ignorar o disminuir la importancia de los dolores de otros en este momento. El dolor de mi hermana ecuatoriana de perder a su padre hace menos de una semana y a varios colegas periodistas a causa del Coronavirus, o el dolor de una de mis mejores amigas cuya ceremonia de grado se canceló o el dolor de mi novio inglés de que el fútbol ya no le alegre la vida. 

Asimismo, es el momento de recordar que en nuestro dolor también somos privilegiados, de tener un lugar donde sentir la frustración del encierro, de tener una comida repetitiva de la que quejarnos, de contar con una familia con la que jugar y discutir. Recordemos entonces a los migrantes, los habitantes de calle, aquellos con dificultades mentales o que viven solos. Si tenemos la posibilidad, es el momento de donar a los migrantes en su comunidad, arriesgarse con esa clase de champeta que dan ahora por zoom y de la que vive la maestra, hacer kits o mercados y repartirlos a los que deambulan con hambre por las ciudades vacías.Es el momento de compartir, estemos ahí para apoyarnos en nuestras luchas individuales y estoy segura de que este luto colectivo dolerá menos. Si algo me ayudaba en los peores momentos era sentir que en mi dolor y mi vacío seguía siendo de alguna utilidad para la gente a mi alrededor. 

SOBRE EL TIEMPO

El encierro nos ha enseñado que un día puede sentirse como una semana o por el contrario, el teletrabajo puede resultar asfixiante y el día se esfuma sin saludar. Igual que la percepción del tiempo cuando perdí a mi papá, las noches eran particularmente insoportables cuando llegaba a una casa sin su buena charla y sus abrazos. El tiempo no me alcanzaba para cumplir con mil cosas que ya ni me interesaban y de la nada heme aquí un año después desde otro continente y con el mismo dolor.  Ese dolor que algunos días se siente muy pesado y quema, mientras que otros pasa casi desapercibido. El duelo me sigue probando que el dolor y el tiempo no tienen una relación directa pues cuando se pierde semejante parte vital de la existencia existe una atmósfera surreal que toca cada rincón de la casa y de la vida. 

Recuerdo que en los primeros días me sentía en una especie de piloto automático y hasta comía por obligación (su cuerpito va primero). Les diría que me sirvió hacer rutinas y horarios pero mentiría, para mí, solo sirvió planear el próximo viaje y trabajar hacia la meta de ahorrar para él. Supongo que la paciencia es algo que aprendí a las malas, cuando absolutamente nada podía cambiar la situación y solo me quedaba tomar esos limones, algunos días hago limonada y otros me los echo en los ojos y lloro hasta que llega esa extraña paz. Recuerden que siempre llega esa extraña paz. Como me dijo un taxista al verme llorando poco después de que mi Luchito se fue:“Créame que hasta después de la noche más oscura sale el sol”.

SOBRE LA GRATITUD

A diferencia de algunos a quienes he leido me niego a agradecer por este virus tanto como me niego a agradecer por la muerte de mi papá. Si vinieron cosas bellas después de el más horrible suceso imaginado, para mí eso es resiliencia, una cadena de apoyo increíble y hasta suerte de encontrarme y contar con personas espectaculares y oportunidades gigantes. No puedo agradecer por la muerte. Pero puedo agradecer por la vida y eso lo aprendí del luto. La fortuna tan grande de haber nacido de una madre con una fuerza vital enorme que conoció a un hombre con la nobleza y amor para hacerme su hija. Junto a mi hermanito creamos un hogar lleno de sueños, energía y pasión, que gozamos los cuatro por casi 22 años. La vida tan bella que tuvimos, junto a mis tías, tíos, primas y amigos, me enseñó a apreciar el amor, el tiempo y la felicidad.

Que esta pandemia que nos está cambiando la vida nos enseñe a apreciar lo que tenemos. No soy una persona religiosa y eso hizo, personalmente más difícil, mi proceso de duelo, en una sociedad en la que muchos no entienden que se puede tener un duelo sin recurrir al catolicismo. Aun así perder a mi Luchito me enseñó a agradecer a tantas personas que destinaron sus oraciones, sus ángeles o simplemente su energía a mi bienestar. Como me dijo alguno de ellos una vez “Cuenta tus bendiciones”.

SOBRE EL MIEDO 

Esta pandemia ha despertado en mí un luto diferente y quizá fue eso lo que me llevó a escribir este artículo, que parece más un diario. Es el dolor de que casi 160,000 familias estén sintiendo ese hueco en el alma de perder a alguien. Este viene de la mano del miedo a que alguien cercano pase por lo que ya pasamos y sin tantos pedazos sobrevivimos. No sé si les pase como a mí, pero duele ese dolor tan grande que tantos están sintiendo alrededor del mundo y que de ahora en adelante será parte de esta generación de diferentes formas. 

La gran diferencia con lo que está pasando en este momento es que contrario al duelo por la muerte, la gente está hablando de sus sentimientos de pérdida y miedo respecto al Coronavirus con menos tabúes. Tristemente, muchas de las personas que hemos experimentado grandes pérdidas, en algún momento nos hemos sentido despreciados, rechazados o forzados a superar cosas que, para empezar, no queremos superar. Es así que tristemente el luto resulta un camino solitario para muchos porque quienes los rodean no saben que decir, tienen miedo de ser inconvenientes o hasta entran en shock cuando ven a alguien llorar. Será posible entonces que entre los grandes cambios que le traerá a la humanidad este virus mortal está la capacidad de hablar del luto, del miedo y el duelo más abiertamente. Más como un proceso permanente que como una página que pasamos y ya. Como la muerte de los que amamos, estos días de aislamiento, nos marcarán para siempre. 

SOBRE EL DUELO

No hay una forma correcta de pasar por esta crisis de duelos colectivos. Tenemos derecho a aislarnos aún más, a cerrar las puertas al mundo, a llorar, gritar, y estar tan putamente furiosos de que la vida nos haya mandado este momento de pérdida, como queramos. Tenemos derecho a alejarnos de quienes cuyas energías no nos favorezcan, a expresar lo felices o tristes que estamos y a pedir ayuda. Aún más si algo aprendí del duelo es que con él vienen momentos de felicidad y tenemos derecho a abrazarnos virtualmente fuerte, a celebrar las victorias de otros y las propias, a reír y cuando venga el momento a llorar a nuestros muertos. 

SOBRE EL CAMBIO

Cuando algo tan preciado y que pensábamos intocable se esfuma físicamente en un momento, uno se empieza a reevaluar lo que compone la vida. Para mí esto significó darme cuenta de que pasaba mucho tiempo haciendo cosas que me causaban infelicidad. Me obligaba más de la cuenta a cumplir con cosas que no me interesaban y me sometía a niveles de estrés que no eran saludables por no fallar. En estos momentos de pérdidas en los que hasta las cosas que parecían inamovibles como Los Olímpicos o sus ceremonias de grado se han cancelado y están experimentando un torbellino de emociones normales de esos duelos, es apenas comprensible que se están reevaluando hasta su forma de bañarse. En mi caso, el duelo me enseñó a centrarme más en mi felicidad, que es viajar y estar en ambientes internacionales donde aprender es como respirar, donde puedo salir de mi zona de confort y explorar el mundo. Así que apliqué a una beca para este intercambio que me ha traído a estar felizmente atrapada de forma indefinida en Inglaterra.

Hace un par de días en un grupo de Facebook de mujeres viajeras que contrario a nuestra naturaleza ahora se centra en recordar, planear y explorar el mundo desde el computador, una chica dijo: “Me voy a mudar a un lugar seguro, con playa y barato cuando acabe la pandemia, díganme sus sugerencias”. Esta vida es muy corta para ser infelices, si esperaban una señal del universo qué más que una pandemia para cambiar de raíz, tomar ese avión, dar ese salto a la aventura, hacia lo que le dice su corazón. Así que no se preocupen si en esta cuarentena salen con la vida reorganizada, como dice una de mis frases favoritas que encontré cuando más la necesitaba y cuyo autor desconozco: “Los grandes cambios siempre vienen acompañados de una fuerte sacudida, no es el fin del mundo, es el inicio de uno nuevo.” Que vamos a aprender de este cataclismo que es el Coronavirus, quizá sea el momento de reevaluar nuestras prioridades.

SOBRE LA FELICIDAD

Este año me encontré haciendo una búsqueda de huevos gigantes de chocolate alrededor de la casa. Una semana santa muy laica en lugar de las típicas misas obligadas de cada año. Fue entonces, que en la acción tan infantil de esconder y buscar huevos de chocolate me sentí absolutamente dichosa, casi me caigo de la risa y por poco rompo un par de objetos. Atrapada en Inglaterra, lejos de mi familia, en medio de una pandemia me daba cuenta de lo esencial de permitirnos celebrar que seguimos teniendo la capacidad de ser felices.  

El luto me enseñó, lentamente, que quienes se fueron no querían dejarnos ninguna culpa. No es traición sonreír sin ellos, amar de nuevo, reír a carcajadas, empezar nuevos proyectos, mudarnos, comenzar de cero. Del mismo modo, no están haciendo nada malo celebrando con retos aparentemente inútiles de personalizar zanahorias o jugar cualquier deporte con el preciado papel higiénico. Tienen derecho a sentir alegría, aunque las cifras duelan y todos estemos pasando por momentos difíciles. Felicítense, quiéranse, sientan compasión, de ustedes y del mundo. Este 18 de abril, me siento en un momento de la vida que a diferencia de hace un año parece un lindo paréntesis. Sin ánimo de parecer insensible, estas se sienten como unas páginas perdidas de una historia feliz en la que una pausa es lo más sagrada y la compañía la perfecta. No como hace un año, en otra Semana Santa que por siempre será un bache de nubes, confusión y soledad que ha marcado mi historia para siempre. 

Hoy me dormí agradeciendo tener el control en este momento de caos. Me dormí abrazando a alguien que no sé si es eterno, ya la muerte me enseño que nada lo es, pero que me da mucha felicidad en el ahora. Me dormí añorando que menos hijas pierdan al guardián de sus sueños en esta pandemia tan aterradora. Me dormí agradeciendo estar viva y sentir de nuevo. Habiendo enfrentado el fin de mi mundo antes, sé que podré con esto, porque la energía de tanto amor de mi padre me mantiene protegida. 

Escribo esto a modo de homenaje a mi papá Luis Antonio Hernández Jiménez, a mi familia y con la esperanza de que acompañe a alguien en un momento de dificultad.