Picando en terrenos desiertos, la guaquería artesanal en Coscuez

Viernes, 20 Noviembre 2020 14:43

Doris Acero se dedica a la guaquería en la mina Coscuez, Boyacá, desde hace 17 años. En cada jornada de trabajo arriesga su vida al interior de los túneles y muchas veces no encuentra ni una sola esmeralda. Esto se debe a que el Estado le concede los terrenos con mayor presencia de esmeraldas a las multinacionales, dejando a los guaqueros artesanales los “gajos abandonados”, es decir, parcelas de las que ya fueron extraídas la mayoría de esmeraldas.

Doris Acero al interior de uno de los túneles de la mina de Coscuez.|Esmeraldas de poco valor, llamadas morrayas. Son utilizadas para hacer canjes,  pero no para vender|Doris Acero en un recorrido con profesores turistas de Medellín en el año 2019|Doris Acero en la quebrada de Coscuez.||| Doris Acero al interior de uno de los túneles de la mina de Coscuez.|Esmeraldas de poco valor, llamadas morrayas. Son utilizadas para hacer canjes, pero no para vender|Doris Acero en un recorrido con profesores turistas de Medellín en el año 2019|Doris Acero en la quebrada de Coscuez.||| Archivo personal Doris Acero (2020).|Archivo personal Doris Acero (2020).|Archivo personal Doris Acero (2020).|Archivo personal Doris Acero (2020).|||
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Doris Acero nació en San Pablo de Borbur, una región del occidente de Boyacá. Gran parte de la historia de toda esta región minera está marcada por la violencia que generó el conflicto entre patronos, mafias de esmeralderos y guaqueros, más conocida como la Guerra Verde, la cual se enmarcó en una serie de disputas por el territorio y la búsqueda del control de la operación de las minas de esmeralda. 

La antropóloga María Victoria Uribe detalla que a principios de la década del 90, la firma de paz en Boyacá acabó con estos enfrentamientos, pero, al mismo tiempo, emergió la extracción privada de las minas por parte de empresas multinacionales. Para Doris, quien es guaquera desde los 16 años, este es el nuevo mal que aqueja a la región. Ella llegó a la zona esmeraldífera Coscuez en el año 1998. Desde entonces, trabaja en la quebrada y en los túneles de la región, extrayendo esmeraldas. Ella vive en una casa de madera, “muy humilde, pero muy bonita”, dice. Allí siempre hay música de fondo y ella canta vallenatos y rancheras, mientras siembra sus “maticas”. Así las llama. Doris siempre está feliz, más cuando va a la quebrada con su esposo, sus cuatros hijos y su nieto. Ella se aferra con todas sus fuerzas a estos buenos momentos porque cuando sale de su casa para entrar una mina, no sabe si volverá a salir. 

Arriesgar su vida a diario no es el único problema detrás de su labor. En 2017, la compañía canadiense Fura Gems anunció la adquisición del 76 % de la mina de Coscuez ubicada en San Pablo de Borbur, donde trabaja, por un valor de 10,2 millones de dólares. Además, el presidente de la empresa, Dev Shetty, afirmó en el 2018 que está a la espera de la extensión del título minero que vence este año. De ser concedida, iría hasta el 2045. De esto se desprende una gran problemática. Las esmeraldas empezaron a escasear para los guaqueros artesanales: las multinacionales obtuvieron la propiedad de las parcelas de tierra en donde hay mayor abundancia de piedras preciosas, dejando a los guaqueros que se dedican a la minería artesanal con muy poco. Con casi nada. “Llegó la multinacional y ellos tienen las partes donde más se produce esmeralda, en cambio a nosotros nos han dejado donde ya no hay nada”. 

Además, la apropiación del territorio por parte de las empresas multinacionales estigmatiza a los guaqueros artesanales que habitan y trabajan en la zona, al señalarlos como “ilegales”, según expresa Sebastián Ahumada en su tesis sobre experiencias en zonas mineras. A pesar de todo ello, Doris sale de su casa todos los días con su escapulario colgado al cuello rebuscárselas: a picar en la quebrada, a bajar por los toboganes, cargándose al hombro muchos riesgos, con la posibilidad de no encontrar nada.

 

¿Cómo es un día de trabajo en la mina?

Yo salgo de la casa como a las cinco de la tarde, generalmente. Podemos durar toda la noche trabajando y llegar al otro día, a la una de la mañana. Cuando encontramos lo que llamamos mora, llegamos a las diez u once de la mañana. Vamos hasta allá caminando. Son caminitos que llamamos atajos. Tenemos que caminar veinte, veinticinco minutos, una hora o incluso dos horas para llegar a la boca túnel del corte. Depende de cómo esté la situación vamos a los cortes, a los tierreros, así es como llamamos las parcelas en donde se encuentran las esmeraldas. Nos vamos a picar y generalmente sacamos media arrobita de tierra [que equivale a 5.67 kilogramos], la sacamos a la boca del túnel y la lavamos. A veces nos pinta, a veces no nos pinta. Le llamamos pintar a que nos salgan esmeraldas, pero a veces salen unas piedritas muy pequeñas que no tienen valor, lo que llamamos ‘morrayitas’. 

 

¿Cuánto pueden ganar con lo que encuentran en un día?

En un día, si Dios está para bendecirnos, podemos sacar hasta un millón, dos millones o más. Pero también se puede llegar a sacar sólo diez mil pesos, cinco mil pesos. Nos ha pasado que nosotros trabajamos uno o dos meses sin encontrar una esmeralda siquiera de veinte mil pesos. Así vivimos a diario, de la esperanza. Decimos, bueno “hoy no, pero mañana sí”. Es más fácil encontrar ‘morrayas’, que son ‘esmeralditas’ pequeñas de poco valor. De esas ‘morrayitas’ nosotros sacamos para cambalachear. Nosotros llamamos hacer el cambeo, un cambio: damos las esmeraldas, las marroyitas y la gente nos da mercadito. Actualmente, encontrar una esmeralda que tenga valor es difícil porque ahorita nosotros solamente buscamos en los tierreros abandonados, ya lavados. A veces encontramos lo que llamamos picaderos, de donde sacamos las esmeraldas y a veces no. Pueden pasar semanas en que no encontramos ni siquiera una esmeraldita.

 

¿Cómo negocian las esmeraldas de valor?

Nosotros hacemos minería artesanal, así lo llamamos. No tenemos un empleo, un horario, un patrón que nos guíe para el trabajo. No. Nosotros mismos somos, como decimos acá, los patrones, nuestros propios jefes, ¿sí? Así vivimos, al diario. A veces guaqueamos en sociedad. Entonces vamos cuatro, cinco personas o más. Nosotros venimos, recorremos terreno con los compañeros, picamos y lo que sacamos se los vendemos a los negociantes que aquí en Coscuez llamamos los compradores. El valor se determina a ojo, aquí ya tenemos esos conocimientos.

Cuando una piedra es valiosa es porque tiene un color muy vivo, muy verde, natural. Tiene que ser perfecta: no puede tener ni mugre, ni grasa, ni partiduras, es decir, cuando se fragmentan. Hay diferentes materiales, por ejemplo el cristal, ese brilla. Esas son las piedras que valen. Hay otras que son bonitas de color, pero no tienen partes naturales o están vencidas. Entonces, vamos a la plaza a vender las que valen y los negociantes las llevan para comerciar afuera o aquí mismo se las compran negociantes que tienen más plata. Con la esmeralda es así: alguien la compra aquí, esa persona de acá se la lleva y se la vende a otro. Así, hasta que al fin llegan a Bogotá, a donde tienen que llegar, a su destino. Entonces dividimos la plata por partes iguales. 

 

Fura Gems es la multinacional que hace minería a gran escala en Coscuez, ¿cómo les va con ellos?

Esa empresa nos ha afectado muchísimo porque ya no podemos tener cortes asociados. Es decir, antes nos organizábamos en cada corte de a ocho personas por la mañana, otras ocho por la tarde y otras ocho por la noche. Así teníamos más oportunidad de guaquearnos [encontrar piedras valiosas]. Ahorita no. Llegó la multinacional y ellos tienen las partes donde más se produce esmeralda, en cambio a nosotros nos han dejado donde ya no hay nada y nos toca conformamos con eso, ¿sí? La problemática es que ellos nos quieren sacar porque nos llaman los ilegales, dicen que nosotros somos guaqueros ilegales. 

 

¿Ustedes cómo se organizan para hacerle frente a esa situación? 

Aquí la estamos peleando, tenemos voceros que han estado en reuniones en la junta minera. Tuvimos un encuentro la semana pasada y nos dijeron que era muy poco el tiempo que nos iban a dejar guaquear que porque el Estado había otorgado la licencia por 30 años más a Fura Gems; los cortes en donde nosotros íbamos a guaquear ahora pertenecen a ellos. Entonces, ¿qué pasa? Quedamos desamparados. Hay muchas familias y la multinacional ha empleado a muy pocos de aquí. Nos piden un tipo experiencia que no tenemos. Aquí toda la vida nos hemos criado en la minería, hemos vivido de eso, hemos aprendido de eso, pero nos exigen experiencia de capacitaciones, cuando nunca han traído eso aquí. Hoy en día lo que vale es el cartón; uno puede tener la experiencia, pero si no te has certificado es como si no supieras nada. 

 

¿De qué manera se vieron afectados los guaqueros de Coscuez por la cuarentena?

Durante el aislamiento sobrevivimos casi como de milagro. Aquí muchos respetamos la cuarentena, pero con mi esposo íbamos a fincas en donde no había tanta gente y trabajamos el día para ganarnos el jornal: limpiábamos plátano y yuca o sembrábamos. De todos modos, nos cuidamos demasiado por nuestras condiciones físicas: en los cortes hay mucha contaminación, nosotros ya no estamos bien de pulmones y si nos llega a dar ese virus no es tan fácil que lo resistamos.

 

¿Qué le gustaría que supieran de usted y de su trabajo las personas que compran y usan las esmeraldas que extrae?

Que soy una madre cabeza de hogar. Hay muchas mujeres como yo que han perdido la vida, pero somos muy valientes y vivimos el día a día de la guaquería. En los túneles el calor es muy intenso. Con el pasar de los años nos vamos a enfermar porque allá abajo los humos se concentran, hay mucha humedad por todo lo que sudamos y a veces los cortes gotean y uno vive todo mojado. Además, después de estar expuestos a mucho calor, salimos del túnel y hace mucho frío. Eso va cobrando en la salud. Todos los días nos toca arriesgarnos al meternos en esas salas: tenemos que subir con una manila, bajar por otra, subir escalas. La guaquería es algo muy sufrido, pero nos gusta y no tenemos de qué más vivir.