Tras la violencia sexual en el conflicto armado, entre el machismo y la coerción

Miércoles, 10 Marzo 2021 17:46
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La violencia sexual en el conflicto fue utilizada por los grupos armados para el hostigamiento y control de la población. La cultura del machismo ayudó a que las mujeres y la población LGTB fueran los más afectados de todos.

Violencia Sexual||| Violencia Sexual||| Nicole Acuña Cepeda|||
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  • Coautor 1: Juan Pablo Cagua

“Una mujer que se casó a los 16 años con un hombre mayor y tuvieron tres hijos. Ella vivía tranquila hasta que un día llegaron los paramilitares a amenazarla diciendo que si no se iba con ellos mataban a su familia. Se la llevaron a donde un comandante que la violó, y luego fue forzada a ir a El Placer, la meten en una casa donde pueden hacer lo que quieran con ella y con otras mujeres que se encontraban en ese lugar y tenían entre 15 y 27 años de edad (sic)”. Este relato hace parte del documental Mujeres Tras las Huellas de La Memoria, realizado por el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en el 2012 a partir de las narraciones de los pobladores del corregimiento de El Placer, ubicado en el bajo Putumayo. Al igual que en El Placer, en varias zonas del país el conflicto interno pasó a formar parte de la vida de sus habitantes. En muchas de estas poblaciones que fueron dominadas por distintos grupos armados al margen de la ley, la violencia sexual se convirtió en una atroz herramienta para someter a la población.

El Registro Único de Víctimas (RUV) tiene hasta la fecha 34.250 casos de violencia sexual durante el marco del conflicto armado colombiano. Para la abogada Alejandra Coll, miembro del Grupo de Género de la Comisión de la Verdad, la guerra es un escenario donde todas las violencias incrementan exponencialmente, entre ellas la violencia sexual. “Las armas funcionan como dispositivos amplificadores de todas las problemáticas sociales que ya existen”, asegura la experta. De esta forma, Coll sostiene que las agresiones de índole sexual no nacen en el contexto del conflicto armado, en cambio sus actores la reproducen junto a todos los vicios y estereotipos de la sociedad de la que provienen.

“En cualquier lugar del mundo donde le den un arma a un hombre es bastante probable que ese poder le lleve a cometer acciones de control del territorio, como la violencia sexual” indica Coll. Además del control territorial, la abogada destaca que este tipo de violencia fue utilizada para los objetivos específicos de los actores armados dentro del conflicto, como atemorizar a los pobladores de una región para que abandonen su tierra o acallar lideresas sociales.

Distintos tipos de violencia sexual

“No sólo la violación se debe reconocer como violencia sexual, hay otros daños que se sufren, como el psicológico”, sostiene María Fernanda Arboleda, quien fue víctima de varias violencias por parte de grupos armados a lo largo de su vida, y actualmente lidera la organización Petra Mujeres Valientes. Este colectivo le brinda ayuda a mujeres que fueron víctimas de violencia sexual y desplazamiento forzado en el marco del conflicto armado, y como consecuencia se vieron obligadas a dedicarse a la prostitución para poder subsistir en la ciudad de Bogotá.

Arboleda asegura que muchas organizaciones que trabajan sobre la violencia sexual en la guerra no profundizan sobre el alcance de este delito, en vista de que únicamente abordan este tema desde la violación. En términos jurídicos, el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional contiene la definición más amplia de violencia sexual en contextos de guerra, pues se reconoce cualquier acto que vaya en contra de la libertad, integridad física y sexualidad de las personas, sumando a la definición acciones como la esclavitud sexual,  la prostitución forzada y la esterilización forzada.

Por su parte, algunas organizaciones que no tienen facultades judiciales manejan definiciones más amplias al respecto. La guía para el abordaje de las violencias sexuales de la Comisión de la Verdad la define como “actos de naturaleza sexual perpetrados por uno o varios de los actores del conflicto armado, sobre personas puestas en estado de indefensión y cuya voluntad es sometida no sólo a través de la fuerza física, sino también por diversas modalidades de coerción y/o engaño”. Además, Coll destaca que la Comisión de la Verdad realizó un gran avance al reconocer otro tipo de vulneraciones sufridas por las víctimas en el conflicto. Ya que el organismo incluye en su definición afectaciones a los derechos sexuales y reproductivos, y cualquier ataque a la orientación sexual o expresión de género.

Mujeres y personas LGBTI, los más afectados

“Cuando los cuerpos son violentados se empieza a perder la identidad que tienes sobre él,  sobre algo que es valioso para la mujer”. Estas son las palabras de María Fernanda cuando habla de la violencia sexual que sufrió y atestiguó en El Alto Guapi (Cauca), su tierra natal. En un caserío que queda a diez horas en lancha de la cabecera municipal, ella creció en un contexto cultural y social distinto, donde la mujer tenía el mismo valor que el hombre en su comunidad. Los grupos armados que hacían presencia en la zona tenían una concepción contraria, pues buscaban violentar los cuerpos de las mujeres para imponerse sobre la población.

De la misma forma que sucedió en Alto Guapi, las mujeres y las niñas han sido las mayores víctimas de violencia sexual durante la guerra. Según el registro de la Unidad de Víctimas, para el 2017 esta población representaba el 93% de los casos de este tipo de violencia. La entidad también registró ese mismo año que, de los 4,2 millones de mujeres que habían sufrido los estragos del conflicto, 37.500 fueron víctimas de violencia sexual. Para Catalina Hidalgo, filósofa de la Universidad del Rosario experta en violencia de género, las mujeres son la población más vulnerable a este delito debido a la percepción que se tiene sobre el cuerpo de la mujer como objeto en vez de sujeto. Desde una perspectiva feminista, explica, “existe un contrato sexual, implícito al contrato social que supuestamente todos firmamos, en el que se asume que las mujeres pertenecen a cierto grupo privilegiado. Así pues, el contrato es firmado por hombres sobre los cuerpos de las mujeres”. Coll coincide con Hidalgo al mencionar que las mujeres eran vistas como botines de guerra pertenecientes a los lugares que el actor armado buscaba dominar. “Cuando llegan los grupos armados tienen un poder que se ve representado en el arma que tienen en sus manos, a través de este poder doblegan a la población y violentan los cuerpos de las mujeres”.

“Los cuerpos de las mujeres no son los cuerpos que matan, son los cuerpos que hieren” opina Hidalgo, ya que en varias ocasiones los actores armados utilizaron la violencia sexual para advertirle a la población lo que les podría pasar si no los obedecían. Esta situación sucedió en varias ocasiones en El Placer con las mujeres que eran prostituidas por el Bloque Sur de Putumayo de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) que además realizaban “castigos ejemplarizantes” con las mujeres que se salieran de sus “parámetros” de prostitución, como quedó registrado en el informe El Placer, Mujeres, Coca y Guerra en el Bajo Putumayo del CNMH. “Cuando las encontraban en lugares prohibidos las sacaban desnudas y las estiraba en el centro y las dejaban a pleno sol de mediodía (sic)”

En Colombia la violencia contra personas pertenecientes a la población LGBT ha sido ignorada por el Estado y por las mismas comunidades a las que pertenecen. El informe ¿Qué sabemos sobre la violencia sexual contra personas LGTB en el marco del conflicto armado en Colombia? de la organización Colombia Diversa habla sobre esto y sus causas. Según el documento “Hubo una articulación entre los órdenes heteronormativos de la comunidad en el que habitaban las víctimas con el promovido por los actores del conflicto. Esto estimuló la complicidad y silencio de la sociedad respecto a la violencia de la que fueron víctimas las personas LGBTI”.

Esto quiere decir que la violencia contra la comunidad LGTBI fue perpetrada ya que estas personas no tenían una sexualidad heteronormal, es decir, no cumplían con los roles de género socioculturalmente aceptados para el hombre y la mujer. Para la comunidad y los grupos armados lo que debía presentarse en la sociedad tenía que estar bajo los parámetros de los roles de género heterosexuales: el hombre trabaja para el hogar, mientras que la mujer se encarga de las labores domésticas y la crianza de los hijos. Como lo menciona la guía para el abordaje a las violencias de género de la Comisión de la Verdad, la violencia sexual incluye las afectaciones de los derechos sexuales y reproductivos. Estas personas fueron violadas para ser “reprendidas” por su orientación sexual y castigadas por “renunciar” al privilegio de la masculinidad e intentar entrar en el mundo de lo femenino. También, como sucede con el cuerpo de la mujer, el cuerpo de los LGBT fue utilizado como objeto de control dentro de los territorios de la guerra. Como se puede observar en el siguiente testimonio de una persona que atestigua en San Onofre (Sucre) un torneo de boxeo entre homosexuales y mujeres, que los paramilitares del Bloque Héroes de los Montes de María organizaron para reafirmar su control de la zona y homenajear a alias ‘Cadena’.

“El evento duró dos días, sábado y domingo. Eran varias actividades: fiesta, pelea de boxeo y gallos. Ellos tenían que desfilar como maricas, como mujeres. Los maricas tuvieron que pelear. Había un ring organizado con todo. En la pelea unos venían a pelear obligados, otros quisieron pelear. Tenían guantes, pantaloneta, y todo. Al que ganaba ahí no le daban nada… Hubo un marica al que le dieron duro […] Trajeron de San Onofre mujeres y homosexuales. A ellos los trajeron ahí como para una burla, como para burlarse de ellos. No trajeron los boxeadores profesionales sino los maricas […] A la gente le daba mucha risa verlos pelear (sic)”

Según la filósofa experta en temas de género, Catalina Hidalgo, la apropiación de los cuerpos de las víctimas no solo es para controlar el territorio sino también para reafirmar su  masculinidad  sobre  los otros hombres que rodean a la víctima. Como lo afirma la experta, los actores armados utilizan esto para manejar la escala de poder dentro de la comunidad, buscando reafirmar su virilidad sobre la población y utilizando como medio para la coerción de la población el cuerpo de la mujer. A su vez, el entorno familiar de la víctima también sufre por lo sucedido. Según Arboleda, “la violencia contra la mujer separa el núcleo familiar, por la estigmatización que genera dentro y fuera de la familia” , muchas veces los hechos victimizantes, como la estigmatización por parte de la comunidad, genera preocupación y sentimientos de impotencia de los familiares frente a lo sucedido . Lo que termina por afirmar que la cohibición por parte de los actores armados afecta demasiado no solo a las víctimas sino a quienes las rodean.

Fragmentación de la familia y desplazamiento

Así pues, según el informe del Centro de Memoria Histórica Mujeres y Guerra: Víctimas y Resistentes en el Caribe Colombiano que recoge los hechos de violencia contra la mujer en el Caribe, la intervención de los armados termina por crear una nueva forma de ser familia. Ahora no serían los esposos o los padres la autoridad en la zona, pues todos quedan a merced de los grupos armados y según los testimonios del informe se hacía “lo que ese día se le antojara hacer a ‘Cadena’ o ‘El Oso’ (Sic)'' para el caso de Montes de María.

Con el núcleo familiar roto no había otro camino para alejarse de la coerción que el desplazamiento hacia las ciudades. Allí muchas familias tuvieron que recurrir a trabajos informales en los cuales terminaron ganando poco dinero y siendo estigmatizados por la sociedad. Según María Fernanda Arboleda, quien después de ser desplazada terminaría siendo explotada sexualmente en una red de prostitución en Bogotá, “Como no hay oportunidades para una población de extrema vulnerabilidad como los desplazados, lo único que le ofrece la ciudad a las victimas es inequidad”.

Red Petra Mujeres Valientes lucha por el reconocimiento de mujeres desplazadas como víctimas del conflicto y del abandono estatal que sufrieron al llegar a la ciudad y no tener otra opción que la prostitución. Para ella “la sociedad piensa que las mujeres están ahí porque quieren, que eso les gusta y que son felices; que es la vida fácil, pero no se mira más allá estas mujeres están ahí por cuenta del conflicto”. Por ende, esta organización de mujeres cree que fueron revictimizadas al llegar a las ciudades y que en palabras de Arboleda terminaron siendo coaccionadas ya no por las armas sino por el dinero que necesitaban para el sustento de sus familias.