¿Todos somos corruptos?

Martes, 22 Marzo 2011 16:34

La declaración ampliamente divulgada unas semanas atrás de Miguel Nule acerca de la corrupción como algo inherente al ser humano

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La declaración ampliamente divulgada unas semanas atrás de Miguel Nule acerca de la corrupción como algo inherente al ser humano, no debería pasar como una anécdota más dentro del escándalo que puede convertirse en el mayor acto de corrupción de la historia reciente en la administración pública de Bogotá.

Primero, porque quien lo dice está seriamente implicado en diversas investigaciones por cuenta de los organismos de control luego de convertirse en una especie de “zar de facto” de las obras públicas que se hicieron en los últimos años a lo ancho del país. Segundo, porque no es la primera vez que una expresión similar salta a la opinión pública sin más, por cuenta de funcionarios envueltos en hechos poco decorosos y más bien preocupados por legitimar sus desafortunadas salidas: baste recordar las palabras de un ex presidente ridiculizado por sus exabruptos como cuando afirmó que en Colombia la corrupción había que dejarla en sus justas proporciones para trabajar con los más honestos. El mal menor en medio de todas las desgracias.

Si la corrupción es inherente a la naturaleza humana, entonces por naturaleza todos somos corruptos ya que no podemos renunciar a aquello que hace parte de nuestra propia esencia. De igual manera habría que decir que acciones como el matar, torturar o violar o mucho menos trágicas aunque no menos reprobables como el robar, serían connaturales a la vida de los hombres y por lo tanto cualquiera lo haría en algún momento sin reparo de su edad, sexo, fe religiosa, ideología o razón moral.

Aún así la mayoría de las personas dirán que nunca han robado y no lo harán jamás por sus creencias particulares o sentimientos morales, que le impiden hacerlo en cualquier circunstancia. Como también recordarán las múltiples manifestaciones altruistas de seres humanos que dedican su vida entera, sin egoísmo, a dar a otros a cambio de nada. Un argumento opuesto a la idea que promueve un tipo de determinismo inmoral que nos hace tolerantes a la expoliación de recursos públicos y abuso de poder.

De ahí que el pronunciamiento de Nule, evidencie más bien un inocultable afán de justificación social de un acto siempre reprochado por la comunidad, aunque algunos de sus integrantes lo acepten en voz baja y consideren la corrupción misma como una práctica “corriente y hasta necesaria” de la administración pública y privada.

Nadie abiertamente aceptará que ser corrupto es bueno - no tanto por las razones morales que implica - sino sobre todo, por los innegables efectos en la sociedad entera que siente que sus dineros se quedan en coimas, dádivas, regalos, sobre costos, excesos y despilfarros de funcionarios desconsiderados del esfuerzo de los ciudadanos que debieron sacar recursos de sus bolsillos para pagar las obligaciones con el Estado.

Sin embargo las razones morales son las más importantes. La corrupción muestra una clara ruptura entre la moral de un individuo y sus acciones públicas causando profundo daño a una sociedad esperanzada en que los recursos servirán para el progreso y desarrollo de un buen destino, y no su menoscabo con transacciones mezquinas de unos pocos.

Un Estado en el que la corrupción se acepta con levedad e imprudencia, se expone a una inevitable pérdida de legitimidad en todos sus sistemas institucionalizados. Los ciudadanos sentirán allí que los gobernantes no suscitan la confianza necesaria ni la credibilidad suficiente. Se erosionará proporcionalmente -a la corrupción- la capacidad de guía, la llamada gobernabilidad razón de ser del propio gobernante. Es la gran paradoja del político que con viveza acecha los recursos públicos para sobrevivir de la política, a la vez que corroe el sistema que la sustenta.

Otra cosa es la vulnerabilidad de la condición humana que con sus grandezas y limitaciones, se hace proclive a las acciones buenas y malas. La corrupción es un ejemplo de las malas tareas. Fallamos sobre todo cuando nuestra formación ética es precaria dentro de un sistema social que suple inadecuadamente las carencias de los ciudadanos para imponerse al final de los hechos, una razón en la que todo vale para sostenerse y ascender socialmente. Un tipo de cleptocracia en el que el clientelismo y la corrupción se institucionalizan y aceptan.

No en vano aquellos países con mayor atraso, crisis social y en camino de ser Estados fallidos (Somalia, Afganistán, Myanmar e Irak), son los que suelen presentar reiteradamente mayores índices de corrupción. Por eso la necesidad de rescatar una moral pública más allá de las creencias particulares de sus ciudadanos quizás más parecida a como le consideró Ortega y Gasset: “una cualidad matemática. La exactitud aplicada a la valoración ética de las acciones en los seres humanos”.