Ser sobreviviente de una quemadura implica un proceso psicológico tan extenso como el tratamiento médico. La terapia es esencial para la recuperación de las pacientes. En el caso de Yuri, luego de años de consulta psicológica pudo verbalizar que había sido víctima de un ataque por parte de su expareja.
María Jimena Triana, psicóloga de la Fundación del Quemado, menciona que, a diferencia de la recuperación física, la terapia con las pacientes no es lineal. Sin embargo, este seguimiento se hace indispensable para garantizar una recuperación integral en la que las consultantes, como ella las llama, puedan digerir lo que les ocurrió. Para ella el proceso se divide en cinco partes:
Los primeros meses están llenos de preguntas y pausas. Entre tratamientos, rutinas médicas y tiempos largos de recuperación, muchas mujeres transitan un estado en el que no todo necesita ser entendido de inmediato. Desde lo psicológico, esta etapa es reconocida como un mecanismo de protección. La mente regula el ritmo al que se asimilan los cambios, permitiendo que la persona mantenga cierto equilibrio mientras el cuerpo se recupera.
El encuentro con el espejo no es igual para todas, ni ocurre de la misma forma. Para algunas es un momento breve, para otras un proceso más gradual. Este instante se ha catalogado como un punto de inflexión dentro del proceso de adaptación porque abre preguntas sobre identidad y reconocimiento. A partir de ahí, muchas mujeres comienzan a construir una nueva relación con su imagen.
Volver a los espacios cotidianos implica la mirada del otro: a veces curiosa, a veces incómoda. No siempre es hostil, pero trae consigo la conciencia sobre el propio cuerpo. Diversos estudios han mostrado que esta interacción influye en cómo se construye la experiencia social después de una quemadura. No hay una única realidad, pero sí un elemento común: la necesidad de negociar esa presencia en lo público desde sus propios términos.
En un contexto donde la imagen tiene un peso social importante, muchas mujeres atraviesan distintos procesos frente a los estándares estéticos. Este tránsito no siempre se vive como pérdida, sino como una revisión de lo que significa “verse bien”. No es un duelo lineal, algunas buscan transformar su apariencia, otras redefinir su relación con ella. En ambos casos emerge una tensión entre expectativas sociales y construcción personal.
Con el tiempo, muchas mujeres desarrollan formas propias de integrar la experiencia a su historia de vida. No como un evento que las define por completo, sino como una parte de un recorrido más amplio.En esta etapa, aparecen afirmaciones que marcan un cambio de enfoque: reconocerse más allá de la apariencia, priorizar proyectos personales, establecer nuevas relaciones con el entorno. Para algunas, esto también implica acompañar a otras o participar en espacios colectivos. Más que un cierre, es una apertura hacia formas distintas de identidad y autonomía.