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Reconstruirse: la vida cotidiana después de las quemaduras

Yuri ya sabía lo que era ser rechazada en el ámbito laboral, lo que era ser mirada con desconfianza por desconocidos que, cuando la veían, solo veían sus propios prejuicios. Luego del ataque, las miradas no eran de desconfianza, sino de incomodidad, en sus propias palabras de “asco”. Su única experiencia con un empleo formal fue trabajando en el Cementerio Central arreglando lápidas y poniendo flores. Tenía un ingreso que le permitía dar de comer a sus hijos y pagar el arriendo. Y aunque luego del ataque, el tiempo se detuvo para ella, el trabajo no la esperó.

Logró encontrar trabajo en una finca en el área rural de la localidad de San Cristóbal, en Bogotá, donde también le dieron vivienda a ella y a sus hijos. Ahí recordó su infancia, porque no solo vivía de su salario, sino de lo que le daba el campo: las gallinas, los huevos y su huerta. Podía utilizar todo lo que le habían enseñado sus abuelos cuando vivían en Socotá, un municipio ubicado en el departamento de Boyacá. Sin embargo, esa estabilidad se perdió de nuevo, un día que la Policía llegó a desalojarla, porque los dueños de la finca la habían vendido sin decirle nada, y ahora era una reserva natural.

Luego de una mesa de concertación, el Distrito le propuso conservar el trabajo que venía realizando en la finca: “Yo creo que me ofrecieron el trabajo porque pensaron que no iba a durar”, dijo Yuri. De acuerdo con la Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades, el 45% de las sobrevivientes tiene dificultades para encontrar empleo, pues su piel se convierte en un filtro de exclusión.

Las estrategias públicas para reducir la brecha laboral y generar espacios seguros

En Bogotá, la Secretaría de la Mujer (SDMujer) ha articulado programas en convenio con diferentes entidades, entre estas el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), con el fin de fortalecer la empleabilidad de aquellas mujeres sobrevivientes a quemaduras.

Entre las habilidades que se trabajan, están: el acompañamiento en la construcción de sus hojas de vida, preparación para entrevistas y notificación de convocatorias de trabajo. Incluso “hay mujeres que pueden tramitar un certificado de discapacidad, asegurándoles el acceso a las políticas de inclusión laboral que deben tener las empresas en el país”, mencionó Erika Marín, coordinadora de estrategias contra el ataque con agentes químicos en la Secretaría de la Mujer de Bogotá.

Hay otras entidades como las casas de la igualdad, manzanas del cuidado, que si bien, acompañan el proceso de reinserción a la vida social y laboral, lo hacen desde el ámbito psicoemocional, fortaleciendo su autonomía y sentido de identidad. Son lugares de acompañamiento y resignificación del dolor.

En este sentido, las organizaciones pueden ser incentivadas para contratar a estas mujeres, debido a que al otorgarles estas credenciales los empleadores pueden ser consientes de la importancia de brindar oportunidades a esta población y entender sus limitaciones físicas.

Según expertos, el proceso de reintegración de estas mujeres a actividades cotidianas como el trabajo y la socialización a resulta elemental para el éxito en el proceso de recuperación de las pacientes, por lo que deben generarse espacios seguros para retomar rutinas.

Hay otras entidades como las casas de la igualdad, manzanas del cuidado, que si bien, acompañan el proceso de reinserción a la vida social y laboral, lo hacen desde el ámbito psicoemocional, fortaleciendo su autonomía y sentido de identidad. Son lugares de acompañamiento y resignificación del dolor.

Liliana Zambrano, miembro del equipo de prensa de la Secretaría de la Mujer, menciona que

en encuentros que organizamos, las mujeres tienen la oportunidad de desahogarse con otras mujeres que han vivido lo mismo, hablar con profesionales expertos en derecho, de género, de cosas así, uno mira como eso va fortaleciendo la identidad.

En estos espacios, las mujeres comparten sus historias y, en muchos casos, coinciden en un mismo punto de origen: la violencia doméstica. Este reconocimiento colectivo no solo les permite entender que no están solas, sino también construir redes de apoyo que sostienen sus procesos. A través de estos programas, acceden a acompañamiento psicológico y asesoría legal, herramientas clave para tomar decisiones, iniciar acciones jurídicas y enfrentar sus procesos con respaldo institucional.

La distancia entre la ley y la práctica

Este acompañamiento no ocurre en el vacío, se enmarca en un contexto legal que, al menos en el papel, busca garantizar sus derechos. La Ley 1773 de 2016 más conocida como la Ley Natalia Ponce de León tipifica el ataque con agentes químicos como delito autónomo en el país y establece penas de entre 30 y 50 años a los agresores, además de garantizar la atención integral de las víctimas.

Uno de los grandes problemas cuando se habla de este tipo de violencia de género es el miedo que experimentan las víctimas de volver a ser agredidas y no ser cobijadas de manera óptima por la justicia. Yuri nunca denunció a su agresor, mientras ella estaba hospitalizada, esta persona la amenazaba constantemente con quitarle a sus hijos, además de afirmar en repetidas ocasiones que lo que ocurrió fue un intento de suicidio: “Entonces, allá cuando estaba hospitalizada me dejaban lejos de todo, como si pensaran, ‘esta se quiso matar y se va a matar o algo’. Entonces como que me echaban toda la culpa a mí...”, recuerda Yuri.

Ella nunca tuvo un ambiente seguro que le permitiera reconstruir lo que le pasó, ese espacio solo se dio luego de varias terapias psicológicas mucho tiempo después del ataque. No son suficientes las legislaciones, las políticas públicas ni los entes de acompañamiento si no existe entorno más sensible y empático que les permita reinsertarse a la vida social y laboral. Erika Marín menciona que la inclusión no debe recaer solo en la víctima, sino en la sociedad.

El mundo es el que tiene que ser un mundo consiente incluso con las mujeres... para que también el entorno pueda ser más sensible, garante de derechos y [se] obstaculicen menos la atención a las mujeres.

La resocialización luego de la recuperación

Este proceso empieza desde los hogares, pues fue precisamente la socialización, uno de los obstáculos más difíciles que Yuri y sus hijos enfrentaron desde el ataque. Al vivir en un barrio donde había una cercanía con la comunidad, todos sabían quiénes eran, lo que había sucedido y el estado de Yuri. Sus hijos fuero sujeto de burla en el colegio, por parte de compañeros que tomaban la condición médica de su mamá como una manera de ofenderlos, generando sentimientos encontrados, por un lado, rabia porque se burlaban de su familia, y por otro, tristeza, porque aquellos comentarios revivían lo que para ellos fue un suceso doloroso.

Lo que afirma María Jimena Triana, psicóloga de la Fundación del Quemado, existen cinco factores por los que se genera exclusión tanto a las pacientes como a sus familias: la estigmatización a las cicatrices, que se evidencia en la curiosidad excesiva o prejuicios, la desinformación, se cree que es producto de una enfermedad contagiosa y no una quemadura, la culpabilización por el evento, se genera un rechazo centrado en generar responsabilidades de las familias por las quemaduras, los cambios emocionales y familiares, las familias pueden aislarse y eso influye en la relación con su entorno. Finalmente, violencia comunitaria, desde allí se generan eventos de discriminación contra la paciente y su familia, en un intento de aislarles.

Yuri comenta que esta fue una situación agobiante para todos en casa, por lo que la mejor decisión fue integrar a sus hijos al proceso psicológico que ella ya venía llevando. “Yo decía antes que los psicólogos no servían para nada y hoy en día sí tengo que buscarlos porque hay cosas que lo agobian y lo arruman a uno y sí, uno tiene que contar con alguien externo”, menciona.

La red de apoyo familiar es determinante para que la paciente reconstruya su identidad y no se sienta invalidada durante la recuperación. Según María Jimena Triana, psicóloga de la Fundación del Quemado, el enfoque terapéutico busca que la mujer recupere el control de su narrativa: “Cuando la paciente tiene el poder de contar su historia con empoderamiento [...] le da también la seguridad para poder pasar esta transición”.

El proceso colectivo detrás de sobrevivir

Para Yuri, sus hijos eran un pilar fundamental en la motivación para su recuperación. Sin embargo, otra de las dificultades que experimentaron fue la de su educación en casa, ya que el acceso a herramientas era limitado, en especial por la distancia. Esto la motivó a crear su fundación “Mi gran éxito”, ahora llamada “Mis pequeños triunfadores”, con el fin de brindarle ese apoyo que ella no tuvo años atrás con sus hijos, a otras familias, con la educación y cuidado de los niños de su barrio.

Para ella, la fundación es una forma de cumplir con el propósito de vida que siente que Dios le dio tras sobrevivir a su accidente. A pesar de sus problemas actuales de salud, como la fibromialgia, se siente una "guerrera" que sigue batallando por sus nietos y por la comunidad que la rodea. Aunque en ocasiones se siente agotada por la falta de apoyo o el cansancio físico, mantiene el espacio como un refugio de esperanza y acompañamiento.

Actualmente, Yuri continúa trabajando en la reserva natural, como jardinera y se dedica a los niños de su fundación, con los que, en cada festividad como el día del niño, el día de los abuelos y navidad realizan proyectos artísticos. Al respecto dice con una sonrisa:

Yo trabajo mucho con la comunidad y con los niños y con el tiempo vine a ser la presidenta de mi barrio donde tanto daño hice, donde hubo tanto dolor, donde pasaron tantas cosas.
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