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La digitalización en la transacción diaria


En un silencio aún roto solo por los primeros murmullos de la ciudad que despierta, siendo las cuatro de la madrugada de un domingo cualquiera, el día comienza para Doña Marta. Se levanta para seleccionar cuidadosamente cada artículo que ofrecerá a sus clientes. Sus manos expertas distribuyen gafas de sol de diversos estilos y precios dentro del robusto carrito que se ha convertido en su fiel compañero de jornada. No olvida las bolsas individuales para proteger cada par, los estuches que añaden un toque de distinción, y los pequeños paños suaves, esenciales para mantener la claridad de las lentes.

Tras una taza de café caliente, que le proporciona el primer impulso para enfrentar el día, Doña Marta emprende su largo recorrido. Desde su vivienda en el barrio Brasilia, camina durante aproximadamente 35 minutos hasta alcanzar el Portal de Usme, un importante punto de conexión del sistema de transporte público. Allí aborda un autobús que la llevará en un viaje de una hora hasta las cercanías de San Victorino. Una vez que llega, aún debe caminar varias cuadras, sorteando el creciente bullicio matutino, hasta llegar a su destino estratégico: la intersección de la carrera 7ma con la calle 21. En este punto, que conoce bien por los más de siete años que lleva ahí vendiendo, instala su puesto de venta, un pequeño universo de gafas de sol que espera atraer las miradas y el interés de los compradores.

Cerca de allí, un grupo de jóvenes, liderado por Stiven, llega cada día con la esperanza de ganarse la vida. Despliegan con cuidado varias bolsas de plástico sobre la acera polvorienta, creando una humilde plataforma de exhibición. Sobre este improvisado mostrador, exhiben una diversa selección de ropa usada de talla única para hombres, mujeres y niños. Estas ropas, que alguna vez tuvieron otro dueño, son ahora su capital, mercancías obtenidas a través de la reventa y la búsqueda constante de oportunidades. Cada prenda representa una potencial ganancia, un pequeño margen que les permite subsistir y adquirir el sustento en medio del bullicio de la ciudad.

Mismo caso que ocurre con Johan, quien usualmente recorre la avenida 7ma cerca a los alrededores del Museo Nacional. Habitualmente, durante la semana, Johan presta su apoyo a su hermana en un local dentro del centro colombiano de artesanías, estratégicamente situado frente al emblemático teatro municipal Jorge Eliecer Gaitan. Sin embargo, los fines de semana representa otra fuente de ingresos, dedicándose a la venta de ropa de segunda mano en las afueras del concurrido Mercado de las Pulgas de San Alejo. Su jornada comienza temprano, alrededor de las 7:00 de la mañana, y se extiende hasta las 18:00 de la tarde, un largo día en el que busca activamente concretar la mayor cantidad de ventas posible para sustentar sus ingresos.



Doña Marta, Stiven y Johan, tres nombres entre la multitud de vendedores ambulantes que animan el pulso comercial en las calles de Bogotá desde hace ya varios años, han sido testigos y protagonistas de un silencioso pero profundo cambio en la manera en que realizan sus ventas diarias. La tradicional transacción basada en billetes y monedas, que durante décadas fue la columna vertebral de su sustento y la de incontables comerciantes informales, se encuentra ahora en un punto de inflexión. La creciente adopción de tecnologías financieras por parte de los consumidores ha introducido un nuevo paradigma en el intercambio comercial: las billeteras digitales.

Este cambio no es meramente una preferencia pasajera, sino una tendencia consolidada que obliga a estos emprendedores de la calle a reconsiderar sus métodos operativos. En los bolsillos de sus clientes habituales y sus posibles nuevos compradores, una aplicación dentro de su celular se ha convertido en una herramienta tan cotidiana como la cédula o las llaves, una herramienta capaz de concretar pagos de forma instantánea y sin necesidad de contacto físico. Esta realidad plantea desafíos significativos para quienes, hasta hace poco, dependían exclusivamente del efectivo como medio de pago. La necesidad de adaptarse a estas nuevas formas de transacción ya no es una opción, sino una condición fundamental para la supervivencia en un mercado cada vez más digitalizado. La transición hacia la aceptación de billeteras digitales representa tanto un obstáculo a superar como una oportunidad para expandir su base de clientes y “modernizar” sus pequeños negocios a pie de calle.

Las palabras de Stiven resuenan con una verdad palpable en el día a día de muchos vendedores ambulantes: "uno sobrevive aquí con dinero en efectivo". Esta afirmación no solo describe una realidad económica, sino que también encapsula una serie de factores prácticos y de seguridad que influyen profundamente en sus métodos de comercio. La tangible posesión de billetes y monedas otorga la autonomía necesaria para llevar a cabo sus transacciones sin depender de infraestructuras digitales o servicios bancarios, los cuales pueden resultar inaccesibles o riesgosos en su contexto laboral. Para estos comerciantes, la inmediatez del efectivo es fundamental para el flujo constante de su negocio diario.

Sin embargo, la reticencia a adoptar billeteras digitales va más allá de la simple preferencia. En un entorno tan expuesto como la carrera Séptima, portar un teléfono inteligente se convierte en una preocupación constante por la seguridad. El riesgo de robo es una amenaza latente que disuade a muchos de llevar consigo dispositivos valiosos y necesarios para operar con plataformas digitales. A esto mismo se le suma la barrera económica que impide a un número significativo de vendedores acceder a planes de datos móviles confiables y suficientes para verificar pagos y gestionar transacciones en línea de manera fluida. Esta desconexión digital limita severamente su capacidad para integrar métodos de pago electrónicos en sus negocios.



La experiencia de Doña Marta ilustra vívidamente los desafíos que enfrentan aquellos que, a pesar de contar con acceso a billeteras digitales como Nequi y Daviplata, aún encuentran obstáculos significativos en su uso cotidiano. Su rutina de tener que contactar a su madre para confirmar la recepción de los pagos evidencia la falta de inmediatez y la dependencia de terceros en un proceso que debería ser ágil y directo. Esta necesidad de verificación externa introduce fricciones en la venta, especialmente cuando los clientes tienen prisa y no pueden esperar la confirmación, lo que potencialmente lleva a la pérdida de ventas y a la insatisfacción del cliente.

Además, la practicidad del efectivo se manifiesta en otras facetas del negocio, como la adquisición de mercancías. Para comerciantes como Doña Marta, quien se dedica a la compra al por mayor en bodegas cercanas a San Victorino, el manejo del dinero en efectivo simplifica las transacciones con los proveedores. Facilita la negociación, permite pagos inmediatos y evita la complejidad de tener que realizar transferencias digitales, las cuales podrían acarrear costos adicionales o requerir una infraestructura digital de la que carecen muchos de estos pequeños proveedores. La tradición del efectivo sigue siendo un pilar fundamental en la cadena de suministro informal.

En este contexto, la transformación hacia la digitalización de los pagos para los vendedores ambulantes no es simplemente una cuestión de adopción tecnológica, sino que implica superar barreras significativas relacionadas con la seguridad, la accesibilidad económica a la tecnología y la necesidad de procesos de pago que sean tan inmediatos y confiables como el efectivo. La transición requiere no solo la disponibilidad de las plataformas digitales, sino también la creación de un ecosistema que garantice la seguridad de los dispositivos y los datos, así como la asequibilidad de la conectividad y la facilidad de uso para una población diversa en sus habilidades digitales y recursos económicos. La adaptación de las billeteras digitales al contexto específico de los vendedores ambulantes, teniendo en cuenta sus limitaciones y necesidades particulares, es un desafío crucial para lograr una inclusión financiera efectiva y equitativa.