Esperando​ ​la​ ​llegada​ ​del​ ​papa​ ​Francisco

Sábado, 09 Septiembre 2017 13:36

Más de un millón de personas presenciaron la misa que el papa Francisco en el parque Simón Bolívar.

Miles de colombianos se reunieron en el parque Simón Bolívar para ver al papa Francisco|||| Miles de colombianos se reunieron en el parque Simón Bolívar para ver al papa Francisco|||| María Fernanda Zabala Trujillo||||
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Cuando los presentadores empezaron a anunciar la llegada del papa Francisco, la gente comenzó a gritar eufóricamente. Se levantaron de los puestos. Corrieron hacia las vías y se amontonaron en ellas. Unos jóvenes brigadistas tomaron a las personas de la tercera edad que se encontraban en el sector, entre ellas doña Idaly, y las ubicaron detrás de la cinta de seguridad. La emoción de las personas era evidente. Hasta yo, que hace unas horas me quería ir, estaba emocionada. Mientras que las personas planeaban lo que iban a hacer cuando pasara por allí, doña Idaly miraba fijamente el punto por el cual el papa iba a salir. Estaba feliz y aunque no decía una palabra, se podía ver el orgullo que sentía de haber esperado ese momento. Y pensar que 11 horas atrás Idaly estaba llegando a la capital.

Eran las seis de la mañana cuando me encontraba frente a la puerta tres de la Terminal de Transportes de Bogotá. La mañana estaba fría como de costumbre, pero un pequeño rayo de luz se asomaba por las nubes. Mientras observaba el lugar casi vacío, una mujer se me acercó. Era Idaly, de 65 años, contextura delgada, cabello corto y cara amigable. A pesar de haber acabado de llegar a la capital, estaba lista para cumplir uno de sus sueños, darle la mano al papa.

Ella usaba gafas y vestía un gran abrigo rojo, pantalones cafés y unos tenis del mismo color. En su espalda cargaba una maleta roja y aunque esta parecía pesada no le impedía caminar a gran velocidad. Días atrás ella había tenido que viajar por razones familiares, por lo que ese día no podía unirse al grupo de personas de la tercera edad pertenecientes a la Iglesia Padre Nuestro de la localidad de Engativá, quienes se verían esa mañana para llegar al parque. Aun así, esperaba reunirse con ellos en el lugar.

Después de caminar unos minutos, llegamos a la avenida 68, la cual estaba a reventar. Vendedores ambulantes salían de todos lados aprovechando la ocasión: camisetas, manillas, banderas, impermeables, comida, agua, y hasta pequeños muñecos del papa. Ya se podía sentir la alegría y la expectativa que generaba su llegada.

Entramos por la puerta 11 y después de pasar un anillo de seguridad, en el cual revisaron todas nuestras pertenencias, nos encontramos con una multitud de gente que se aglomeraba alrededor de algo. La señora Idaly se acercó con curiosidad y ambas reímos cuando descubrimos que la gente estaba allí para tomarse una foto con una figura de cartón del Papa, algunas hasta la abrazaban. Aunque doña Idaly parecía querer hacerlo también, afirmó que prefería encontrar lo antes posible a su grupo.

Mientras avanzábamos, más y más personas aparecieron frente a nosotras. La mayoría de estas, hablaban de lo importante de esa visita y de su experiencia el día anterior cuando el papa llegó a Bogotá. Incluso una mujer, mencionó que acampó fuera del parque la noche anterior. De repente un grupo de voluntarios exclamó- ¡Demos el primer paso! Y la multitud clamó- ¡Qué viva el papa! Luego empezaron a cantar - Jesús está pasando por aquí…- y doña Idaly se unió a la canción.

Algunas partes del camino eran difíciles de transitar. Ya para las 11 de la mañana el lugar estaba repleto de gente y doña Idaly se resignó a no encontrar a su grupo y a sentarse junto a un árbol. Mientras comíamos, me contó lo hermosas que fueron las palabras que el papa había dicho el día anterior, la conversación paró cuando en las pantallas transmitieron lo que estaba sucediendo en la Plaza de Bolívar. Después de un rato una nube negra se posó sobre nosotros y un aguacero nos cayó encima. Como no teníamos ni sombrilla ni impermeable, nos acurrucamos junto al árbol, y esperamos que la lluvia parara. Estábamos tiritando de frío cuando un par de mujeres mayores nos cubrieron con sus impermeables. Tal fue mi sorpresa cuando doña Idaly me confirmó que no las conocía.

Aunque estábamos cubiertas por el impermeable, nuestros pies terminaron empapados y nuestros zapatos encharcados. Cuando la lluvia paró, nos levantamos y le agradecimos a la mujer. Doña Idaly sacó de su bolsillo un Chocorramo y se los dio como forma de agradecimiento. Después de buscar unos impermeables dimos con un hombre que vendía plásticos e inmediatamente compramos dos que nos libraron de la lluvia que cayó nuevamente. Ya para ese entonces, doña Idaly se había convertido en la mejor amiga de Zoila, la mujer que nos había abrigado.

Mientras llovía, una monja llamó mi atención. Ella estaba en la mitad de la zona sentada en una silla y con un plástico encima. La mujer no se movía de allí. Parecía estar en penitencia. En sus manos tenía un rosario, con el cual parecía estar rezando. Mujeres, hombres, niños y ancianos a pesar de estar completamente empapados y temblando de frío no mostraban ganas de quererse irse - eso hace el papa, les da fortaleza- pensé.

Cuando paró la lluvia, el ánimo de la personas decayó completamente. Parecían estar enojadas, y miraban fijamente la pantalla. Aun así no se iban. Yo estaba congelada. Temblaba y me quería ir lo antes posible. Pero doña Idaly no se inmutaba, todo lo contrario. Trataba de hacer más ameno el ambiente y bromeaba con que nuestra silla, el árbol, se había mojado.

Ya eran las 3:30 de la tarde cuando el viento empezó a golpear fuertemente el parque, el frío era arrasador, y la ropa que teníamos estaba empapada. Junto a nosotros una mujer se quejaba de que no había podido encontrar algo caliente para tomar. Doña Idaly la apoyó, pero reiteraba que todo valía la pena. Eran las cuatro y media cuando las pantallas empezaron a transmitir que el papa había llegado al Parque.

Los presentadores pedían calma a la multitud que tras la noticia salían corriendo en busca un buen lugar que les permitiera saludar al papa. Pero esta hacía caso omiso. Los brigadistas reunieron a las personas mayores y a los niños. Los ubicaron inmediatamente después de la línea de seguridad, a pesar de las críticas de las personas que estaban en esos lugares. Cuando a lo lejos se logró divisar el papamóvil entrando al parque, la gente enloqueció, gritaban cantaban, reían y hasta lloraban. Por su parte doña Idaly miraba fijamente el punto por el cual el papa iba a salir y, aunque no decía una palabra, se podía ver su emoción.

Las personas que se encontraban allí seguían con la miraba la ruta del papamóvil. Pero de pronto el auto giró a la derecha y se dirigió a otro lugar. La decepción y confusión se apoderó de la multitud que estaba allí. Las personas optaron por preguntarle a los brigadistas si en realidad el pontífice iba a pasar por ese camino, pero nadie supo darles respuesta. Por su parte, doña Idaly aún se mantenía esperando. Abandonó su lugar después de que las pantallas empezaron a transmitir la llegada del papa al escenario principal. Finalmente se ubicó frente a una de las pantallas y se dispuso a prestar atención a la misa. Aunque no había podido saludar al papa aún estaba feliz de estar en ese lugar.